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Martes de la IV semana de Cuaresma

marzo 24, 2020 12:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Cuaresma

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REFLEXIONES SOBRE LA CURACIÓN DE UN LEPROSO II

Ayer anunciamos nuestra intención de meditar el pasaje de la Escritura en el que el Señor, tocándolo, cura a un hombre consumido por la lepra. Antes de poner la mirada en esta escena evangélica, querría brevemente considerar la actitud de sosiego interior con la que debemos meditar el Evangelio y también el contexto que precede a esta sanación milagrosa.

En general, es importante “no tener prisas” cuando nos medimos con la Palabra de Dios. En la oración, nos ponemos a la escucha de Alguien que es eterno y nos habla desde la eternidad. En la Liturgia de las Horas hay una oración muy hermosa que dice así: “Escucha, Señor, nuestras súplicas y protégenos durante el día y durante la noche; tú que eres inmutable, danos firmeza a los que vivimos sujetos a la sucesión de los tiempos y las horas” (Oración de Vísperas durante el Tiempo Ordinario, Miércoles II). Nosotros vivimos “sujetos a la sucesión de los tiempos y las horas”, vivimos en el tiempo y, cuando tomamos las Sagradas Escrituras y las abrimos para entrar en un diálogo con Dios, quien nos espera en ellas es un ser que no cambia, que desconoce el significado de realidades humanas como el apresuramiento, la precipitación, la ansiedad o el desasosiego. Si, como dice el Catecismo, la oración es la “relación viviente y personal con el Dios vivo y verdadero” (CCE 2558) y para Dios “un día es como mil años y mil años, como un día” (2 Pe 3,8), lo primero que debemos sacudirnos al ponernos en su presencia es la angustia o la exigencia de pedirle respuesta a nuestras preguntas de aquí y de ahora. Tratamos con alguien que puede hacernos santos en un segundo o, por el contrario, completar su obra a lo largo de una muy larga vida. En la oración, nos abrimos a Dios y nos ponemos en sus manos, y los tiempos, el cuándo y el cómo, a partir de ese momento, dependen totalmente de Él.

La Palabra de Dios es eterna como lo es Dios. Ya el Antiguo Testamento lo afirma: “tu palabra, Señor, es eterna, y está firme en los cielos” (Sal 119, 89). En el Evangelio de San Juan, el primer versículo hace ya esta proclamación: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.”(Jn 1,1) Esa palabra de Dios no es simplemente la Sabiduría eterna de Dios, como si se tratara de una doctrina que Él tuviera escondida consigo fuera de este tiempo y de este mundo creado. La Palabra de Dios es Dios y, “en la plenitud de los tiempos” (Gal 4,4) esa Palabra se hizo carne en el seno de la Virgen María (Jn 1,13).

Lo que hemos dicho hoy será importante tenerlo presente cuando contemplemos la escena de la curación del leproso y, en general, cualquier misterio de la vida de Jesucristo. No podemos esperar siempre que Dios nos dé respuestas inmediatas a los problemas que nos asolan. Probablemente, la mayor parte de nuestra vida la pasaremos “esperando” y esta espera es ya un ejercicio de humildad porque nos recuerda que los tiempos de mi vida no los controlo yo.

El hecho de que la palabra de Dios sea eterna y que, desde esa perspectiva, esté por así decir, “fuera del tiempo”, también implica que no envejece y que siempre es actual para nosotros. Por eso leemos en cada Santa Misa los libros sagrados, no porque tengamos nostalgia del pasado y queramos simplemente recordar lo que sucedió sino porque aquellos hechos, que son Palabra del Eterno, son tan presentes y están tan frescos ahora como lo estuvieron entonces y lo estarán al final de la historia. Significa también que, en ellos, hay un mensaje para mí hoy, aquí, en las circunstancias concretas de este momento de mi vida, que yo puedo escuchar y el Espíritu Santo puede ayudarme a comprender.

Pidámosle a Dios que, estos días en los que las cosas parecen ir demasiado rápidas para unos, y demasiado lentas para otros, nos conceda a todos dejar nuestras angustias a la puerta de nuestra oración, entrar con espíritu sereno en el silencio de Dios y escuchar así mejor el mensaje siempre nuevo que, en el relato de la curación del leproso, el Señor dirige desde su eternidad a cada uno de nosotros en nuestras circunstancias actuales


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