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Miércoles de la IV Semana de Pascua / San Jose

mayo 06, 2020 12:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Pascua

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JESÚS, EL HOMBRE DE LA IDEA FIJA

En la biografía novelada de San Bernardo titulada “La Familia que alcanzó a Cristo”, se utiliza esta expresión para referirse a uno de sus hermanos, Gerardo: se dice que era “el hombre de la idea fija”. Es una manera de subrayar la determinación que siempre caracterizó al hermano de Bernardo: cuando algo se le metía en la cabeza, nada le detenía ni le distraía de ella.

Los santos son así: son almas de un solo amor. Sólo tenían una preocupación, una idea fija: agradar a Dios y hacer su voluntad.

Hacer la Voluntad del Padre fue el motor de toda la vida de Jesús. Él, claro, no utilizó la palabra “motor”, pero empleó el término “alimento” para expresar el mismo pensamiento. Cuando sus discípulos piden a Jesús que coma tras el encuentro con la smujer amaritana, el Señor responde diciendo: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la Voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.” (Jn 4,32-34).

En su libro Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto XVI recoge y explica con mucha claridad algo que, por otro lado, ha sabido siempre la Iglesia: que, en Cristo, el rasgo más distintivo de su personalidad y de su actividad es su relación con el Padre. Todo brota a partir de ahí. Cuando el Verbo se encarna en el seno de María, lo hace en obediencia a la Voluntad redentora del Padre, que quiere salvar a los hombres (1 Tim 2,4). Y así, en la Carta a los Hebreos, hallamos las palabras y actitudes del Hijo eterno de Dios al entrar en el mundo: “Sacrificios y ofrendas no has querido, pero he aquí que yo vengo para hacer tu Voluntad.” (Heb 10,8-9). Y a partir de ese primer instante, la vida de Cristo es un continuo caminar en la Voluntad de Dios. Las primeras palabras que el Santo Evangelio nos recoge del Señor son su respuesta a la preocupación de María tras haberlo perdido en el templo. En las palabras de aquel niño de 12 años, encontramos ya esta misma actitud: “¿No sabíais que yo debía estar ocupado en las cosas de mi Padre?” (2,49). Más tarde, en su vida pública, el Señor repite reiteradamente esta voluntad de hacer lo que el Padre le ha encomendado. Permítanme solo algunas expresiones de Cristo, citados literalmente de la Sagrada Escritura:

“El Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo.” (Jn 5,19).

“Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.” (Jn 5,30)

“He venido del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió.” (Jn 6,38)

“Es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado” (Jn 14,31)

“Padre, he concluido la obra que me encomendaste.” (Jn 17,4)

“Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,37)

Salta a la vista cuál era la motivación de Jesús. la oración del Padrenuestro, en la que nos invita a rezar diciendo con Él: “FIAT VOLUNTAS TUA”, “hágase tu Voluntad”, vemos la única actitud que ha dirigido su vida, su única intención, la misión que Él ha llevado a la práctica hasta sus últimas consecuencias. Cuando las vuelve a repetir en su oración el Jueves Santo, sudando sangre, no hace más que expresar lo que Él ha llevado siempre en su Corazón humano: una sed insaciable de realizar esa Voluntad salvadora de su Padre.

A nosotros nos corresponde vivir también exclusivamente esta actitud vital, no tanto por imitación, sino por participación, uniéndonos a la obediencia de Cristo, a quien nos hemos vinculado en el Bautismo como los sarmientos a la vid (Jn 15,1-8), viviéndola desde dentro, con Él y en Él, por la redención del mundo.


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