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Vigésima Semana en Tiempo Ordinario - Homilía

Vigésima Semana en Tiempo Ordinario - Homilía

agosto 16, 2020 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Tiempo Ordinario

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Hoy temenos un Evangelio desconcertante porque su tono no parece corresponderse con el Jesús que todos conocemos. Estas palabras de Jesús diciendo que la comida de los hijos no debía darse a los hijos, probablemente fuera un proverbio de aquella época, parecido al nuestro de “la caridad comienza en la propia casa”. Con todo, esta respuesta fue recogida por san Mateo y san Marcos para que la Iglesia siempre la recuerde a partir de entonces.
La mujer protagonista no era judía. De hecho, san Mateo utiliza la palabra antigua «cananea» para enfatizar este aspecto. Nos encontramos ante una enseñanza profunda, contundente y profética que nos da una pista de la misión maravillosa y heroica de la Iglesia a los hombres de todos los lugares y todas las épocas. Jesús se dirige a la mujer pero nos está enseñando también a nosotros junto con sus discípulos.
El Señor hizo lo mismo en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. La multitud estaba hambrienta y el Señor manda a sus apóstoles que les dé de comer. Ellos responden diciendo que no pueden y entonces, Jesús multiplica el pan con un milagro que, por un lado alimenta a la gente y por otro, enseña a sus discípulos que su misión va a consistir en saciar el hambre espiritual de muchedumbres a través de la Eucaristía. Tras ello, como vimos la semana pasada, les envía al lago sin Él. Llega la tormenta, ellos se llenan de temor y Cristo se les acerca caminando sobre el agua. Entonces, calma la tempestad y así, enseña a los suyos que Él está y estará siempre con ellos ante cualquier prueba que deban atravesar.
Aquí tenemos el caso de la mujer cananea. Los judíos y, por supuesto, los discípulos, creían que ellos tenían la exclusiva del amor de Dios y de su gracia. En esta breve conversación que hemos escuchado, Jesús da a esta mujer una oportunidad de mostrar a los discípulos cuánta fe tenía. Como premio por esa fe fuerte y persistente, Él le concede su petición y cura a su hija. De este modo, los apóstoles pudieron ver una primicia de que su misión no estaba dirigida solo al pueblo judío sino al mundo entero. Es decir, Jesús estaba hablando con un ojo puesto en esta mujer, y con el otro en sus discípulos, mostrándoles que su misión debía ir más allá de los límites de Palestina y que, también entre personas de otros pueblos, como esta mujer, iban a encontrar una gran capacidad para creer.
La Iglesia tiene un alcance universal. Ésa es la verdad que está presente en las tres lecturas de hoy. El Señor dice por medio del profeta Isaías: «Mi casa será casa de oración para todos los pueblos».
Por su parte, san Pablo escribe a los Romanos en la segunda lectura acerca del plan misterioso de Dios: él sufría por el rechazo de Cristo por parte del pueblo judío. Ellos tenían la elección, los profetas, la alianza y las promesas y es ahí cuando san Pablo se da cuenta de que el plan de Dios tras el rechazo judío a Jesús era el de orientar a la Iglesia hacia los gentiles. La redención era para todos. Igualmente, en este pasaje del Evangelio de hoy, Jesús muestra a los apóstoles la fe que incluso los gentiles pueden llegar a tener. Es un atisbo de la abundante cosecha que les espera.
Este episodio nos recuerda que somos una Iglesia misionera, no solo para gentes de otros pueblos sino también para las personas que se encuentran a nuestro lado. Existe un profundo anhelo de Dios en el corazón de cada hombre y nosotros podemos dar respuesta a ese anhelo. Es cierto que hemos de tomar a las personas donde se encuentran, pero no tenemos que dejarlas ahí. Jesús nunca lo hizo. Frecuentemente pensamos que, puesto que no podemos evangelizar a todos, ello justifica que no hagamos apostolado con ninguno. O que, puesto que no podemos atender cada una de las necesidades de una persona, ya no tenemos que ayudarle en ninguna necesidad. Puesto que no podemos compartir toda la verdad de nuestra fe católica con alguien, terminamos por no compartir nada con él.
La misión de la Iglesia es la de ser católica, es decir, universal. La Iglesia nunca descansará hasta que el Evangelio alcance a todo corazón, toda alma, toda vida, toda familia y todo país. Nosotros participamos en esa misión. Como el Papa Pío XII dijo en muchas ocasiones, por el Bautismo no solo pertenecemos a la Iglesia: somos Iglesia. En la práctica, como seglares, vosotros vais a lugares a los que el sacerdote no va; habláis con gente que nunca hablarán con un sacerdote; encontráis personas que jamás verán un misionero. Vosotros sois la única experiencia de lo que significa ser católico que muchos tendrán en toda su vida. ¿Tomáis esa responsabilidad con seriedad? Todos y cada uno de nosotros estamos aquí no porque hayamos tenido una visión o la visita de algún ángel, sino porque otra persona se preocupó de compartir su fe con nosotros. ¿Estamos nosotros haciendo lo mismo? ¿Cuándo fue la última vez que compartimos nuestra fe o invitamos a alguien a la Iglesia para rezar?
Sí: debemos salir al encuentro de la gente allá donde se encuentren, pero no podemos dejarles allí. El Señor hoy nos llama a todos a que abracemos el Evangelio no solo para guardarlo en el interior de nuestro corazón, sino también darlo a los demás con nuestras obras y palabras. Como escribió en una ocasión san Juan Pablo II: «¡la fe se fortalece dándola!» (RM2). Cuanto más crece la vida de Cristo en nosotros, más deseamos compartir el don de Jesús con otros.
Tengamos la fe de la cananea y creamos en el amor de Cristo por nosotros. No tiremos nunca la toalla cuando parece que Dios no está escuchando nuestras necesidades. Perseveremos en los momentos de desolación y dejemos a Jesús transformar el mundo de hoy con nosotros y a través de nosotros. Amén.


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