Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy trae a mi memoria el final de mi peregrinación por Tierra Santa hace dos años. Después de 3 meses caminando más de 1000 kilómetros desde Egipto hasta la frontera entre Israel y Siria, mi deambular por aquellos lugares sagrados terminó precisamente en la región de Cesarea de Filipos, donde se desarrolla la confesión de Pedro que acabamos de escuchar. Es una zona verde, con abundante agua durante todo el año, que se corresponde poco con la imagen que habitualmente tenemos de Israel y Palestina. El día en que llegué allí, 8 de mayo, llovió mucho, aunque a mí eso casi me daba igual: estaba contento porque, con la ayuda de Dios, había terminado felizmente mi viaje. No es casualidad que el paisaje de aquella región esté dominado por el Monte Hermón, que es la cima más alta de todo Israel. En invierno hay incluso una pista de esquí en las laderas de la montaña. Es la masa de piedra más grande de Tierra Santa, por lo que el lugar es muy apropiado para el mensaje de Jesús a Simón: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia». Casi puedo imaginarme a san Pedro escuchando al Señor con la mirada perdida en la cumbre del Hermón, comprendiendo así mejor, visualmente, que su fe debía ser tan firme e inconmovible como la de aquella montaña.
La Iglesia de Cristo es la Iglesia de Simón Pedro, y no hay otra. Como expresa san Agustín, las raíces de la Iglesia católica están arraigadas en la confesión de fe que hizo Pedro aquel día. La barca de Pedro que hace dos semanas veíamos zarandearse en el mar agitado por la tormenta, es la barca de Jesús. Y de ahí venimos todos nosotros. Y con Simón, también nosotros proclamamos al mundo que Cristo es el Hijo del Dios vivo.
Permítanme que finalice hoy con un texto de los Diálogos de Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia, sobre el Papa, a quien ella llamaba «dulce Jesús en la tierra». La obra se llama así, Diálogos, porque recoge revelaciones que Dios Padre comunicaba directamente a la santa. Cuando entraba en éxtasis, hacían falta hasta cinco amanuenses para copiar las palabras que salían de su boca, porque esa gente era consciente del valor de aquellas revelaciones y no querían que se perdiera nada.
En un determinado momento, Dios Padre le dice así a Santa Catalina (cap. CXV):
«La llave de la Sangre de mi Hijo unigénito abrió la puerta de la vida eterna, que había permanecido cerrada largo tiempo por el pecado de Adán. Pero cuando os di mi Verdad, es decir, el Verbo de mi Unigénito Hijo, sufriendo pasión y muerte, en virtud de mi naturaleza divina unida a la humana, abrió la puerta de la vida eterna.¿A quién dejo las llaves de esta Sangre? Al glorioso apóstol Pedro y a todos los que le sucedieron y le sucederán hasta el día del juicio, que tienen y tendrán la misma autoridad que tuvo Pedro. Ningún pecado en que puedan caer disminuye esa autoridad ni quita nada a la perfección de la Sangre ni a ningún otro sacramento (…)».
No eran aquellos tiempos mejores que los nuestros. No puedo extenderme en este punto porque nos llevaría demasiado lejos. Lo importante es que hoy, la Palabra de Dios nos invita a renovar nuestra fe en el misterio de la Encarnación; nos anima también a confiar en la sabiduría y el conocimiento de Dios del que hablaba san Pablo; y nos da la oportunidad para agradecer el regalo de formar parte de la comunidad de Jesús, de su pequeño rebaño, que nunca será derrotado por el poder del mal. Al mismo tiempo, pedimos por el Papa, dulce Jesús en la tierra, para que, pues es el vicario de Cristo, sea también su reflejo vivo por la santidad de su vida, la sabiduría que es don del Espíritu Santo y el amor por las ovejas de su rebaño hasta el final.
Quería también pediros oraciones porque la próxima semana estaré haciendo mi retiro canónico de 5 días y estaré alejado de los asuntos parroquiales. Dios mediante, estaré de regreso en Santa Ana el próximo fin de semana.
Que Dios os bendiga.