Queridos hermanos:
La palabra de Dios este domingo nos recuerda el deber de la corrección fraterna. Es un deber porque, como nos decía el profeta Ezequiel, el Señor nos pide cuentas de la vida de nuestros hermanos. En el Evangelio, Cristo nos recuerda que, antes de hablar de las faltas de nuestro prójimo con terceras personas, hemos de dirigirnos primero a él en privado y, si llega el momento de tener que decírselo a más gente, es exclusivamente con el propósito de buscar el bien de la persona que ha pecado o proteger al resto de los miembros de la comunidad. Es decir, el Señor nos pide que, en esto como en los demás aspectos de nuestra vida, nos gobernemos por la caridad. A este respecto, san Pablo nos ha recordado en la segunda lectura que a nadie le debemos nada más que amor. Nunca se debe actuar por rencor, impaciencia, orgullo o resentimiento. Sólo y siempre, la caridad.
Lo que se aplica a nosotros como individuos, tiene todavía más vigencia si cabe respecto de la obligación de la Iglesia de anunciar el Evangelio y mostrar a los hombres el camino del cielo. «Pertenece a la misión de la Iglesia – leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica - emitir un juicio moral incluso sobre las cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas» (CCE 2246). La Iglesia tiene la obligación de señalar el bien y el mal porque, como también hemos escuchado en el día de hoy, la voz de Dios resuena en la de su esposa: «el que a vosotros escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16); «lo que atéis en la tierra, queda atado en el cielo; lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo». Por tanto, la Iglesia recibe la Palabra de Dios para ser su voz en el mundo y para que, así, pueda ser escuchada por los hombres de todos los pueblos y de todas la Historia.
Este país afronta un momento decisivo para el futuro próximo de la nación en las elecciones de noviembre. Debemos preguntarnos a quién vamos a escuchar, de qué voces nos vamos a fiar. Tanto los pastores como los seglares – todos somos Iglesia – tenemos el mandato de Dios, en las lecturas que acabamos de escuchar, para que, con caridad, mostremos la diferencia entre el bien y el mal a tantas personas que se encuentran desorientadas por el ruido del mundo, los medios de comunicación y las múltiples corrientes de opinión.
Lo que nosotros anunciamos es el amor cristiano, y no podemos sentirnos avergonzados de ello. Ése es el mejor servicio que podemos ofrecer a nuestros hermanos los hombres. Ahora bien, el amor no es una palabra vacía: tiene un contenido que no se presta a la manipulación. San Pablo nos lo ha dicho hoy: la caridad resume los mandamientos del Sinaí. Los resume, es decir: los contiene, los eleva, los purifica, los embellece; no los elimina ni los abole. Existen absolutos morales; árboles de cuyo fruto no podemos comer, por muy apetecibles que parezcan, porque no llevan a la vida sino a la muerte, temporal o eterna. Así, por ejemplo:
Hoy quiero invitaros simplemente a que escuchéis a la Iglesia y dejéis que nuestra Madre os ilumine con su Magisterio cuando tengáis que ejercer vuestro derecho – que es también una obligación moral (CCE 2240) – al voto. Escuchadla con el corazón, fiándoos de Ella más que de vuestro propio juicio o de los cantos de sirenas de lobbies o de políticos; creyendo que lo que yo veo blanco es negro, si así me lo enseña nuestra Madre la Iglesia, como escribe san Ignacio en sus Ejercicios.
En los próximos días, nosotros iremos enviando a nuestros parroquianos por internet partes del documento de nuestro obispo acerca de los Católicos en la vida pública. Os invito a que lo leáis poco a poco, despacio y en silencio; a que lo penséis, a que dejéis que ilumine vuestra inteligencia y toque vuestro corazón. Y cuando llegue el momento, después de habernos puesto de acuerdo para pedir a nuestro Padre celestial lo que Él quiere – un país y un mundo donde los dones sagrados de la libertad, la justica, las familias y especialmente los niños no nacidos, sean protejidos y celebrados - que el Señor nos conceda eso que le hemos rogado.