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Vigesimo Sexto Domingo en Tiempo Ordinario - Homilía

Vigesimo Sexto Domingo en Tiempo Ordinario - Homilía

septiembre 27, 2020 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Tiempo Ordinario

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Toda la liturgia de la Iglesia nos habla hoy de la Divina Misericordia. La oración colecta de la Santa Misa es maravillosa. Comenzaba así: «Oh, Dios, que manifiestas tu poder sobre todo con el perdón y la misericordia…». Algo parecido rezamos en las misas de funeral. En esa ocasión, la oración inicia con estas palabras: «Oh Dios, siempre dispuesto a la misericordia y al perdón…». Por su parte, en el salmo hemos escuchado: «acuérdate, Señor, que tu ternura y tu amor son eternos». San Pablo nos ha resumido la vida de Cristo diciendo que se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz. El Señor muere para el perdón de nuestros pecados y él desea perdonar. La primera lectura del profeta Ezequiel me recuerda unas palabras de santa Teresita, cuya fiesta celebraremos esta semana, en la que ella dice que Dios realmente tiene muy mala memoria: en efecto, cuando un pecador llega a su puerta cargado de pecados innumerables y le pide sinceramente perdón, el Señor olvida todo el mal que hemos hecho y nos perdona. 

Es decir, tanto la Palabra de Dios como la liturgia de la Iglesia hoy nos piden que abramos el corazón a la misericordia divina y la llave para abrir esa puerta es el arrepentimiento sincero. Vivimos en una época terrible en la que el hombre, en su soberbia, trata de justificar su pecado. Esa actitud es satánica porque quien no reconoce el mal como mal, no podrá jamás recibir el don del perdón. 

¡Con qué facilidad encontramos excusas para nuestras faltas! También a nivel social hay muchos comportamientos que el mundo sanciona, o alaba, y que a los ojos de Dios son malos. Y el Señor, que ha muerto por nosotros, que nos quiere a todos en el cielo, que siempre está dispuesto a perdonar y a olvidar, es impotente ante el alma que se endurece y se justifica. ¿Cómo va a perdonar Dios a quien no pide perdón?
Por eso, como sacerdote, me da mucho miedo la actitud de quien dice: «yo no me arrepiento de nada». O la respuesta de quien, ante un pecado grave, dice con ligereza: «pues yo creo que está bien». Todavía recuerdo el caso de una persona (no de aquí) a quien fui a visitar al hospital, poco antes de morir. Me llamó la familia para que intentara que recibiera los sacramentos y, cuando me quedé solo con él en la habitación, le hablé lo mejor que pude de la misericordia de Dios, de lo mucho que goza Dios perdonándonos, de la alegría que le iba a dar él a Dios reconociendo sus pecados. Me dijo que llevaba mucho tiempo sin confesar y yo se lo hice muy sencillo. Le dije: «mire, Vd. simplemente contesta a lo que yo le pregunte diciendo sí o no, y ya verá qué pronto terminamos y cuánta paz al acabar de confesar». No puedo decir qué pasó, pero salí del hospital como si hubiera visto en el alma de aquel moribundo el rostro del mismo demonio, pensando: «he ahí una persona que sabe que está muriéndose, que ha recibido a través del sacerdote la visita de Dios ofreciéndole las gracias para su salvación y rogándole que abra su corazón a la misericordia divina y que, en respuesta, no se arrepiente de nada. Se niega a pedirle perdón al Señor. No, no y no». 

Temamos esa soberbia y pidámosle al Señor que nunca permita que caigamos en algo semejante. Dios es muy bueno. Pueden creerme en esto: Dios es muy bueno. Nos quiere mucho. Desea nuestra felicidad más que nosotros mismos. Quiere que volvamos a Él y nos busca por todas partes, a través de personas y circunstancias de nuestra vida. Seamos, pues, niños y corramos hacia nuestro Padre sabiendo que nos va a recibir con un gran abrazo, nos va a besar con la mayor de las alegrías, y nos va a dar el amor y la paz que verdaderamente desea nuestro corazón. 

Que la Virgen María nos enseñe la verdadera humildad que siempre es fuente de armonía, reconciliación, esperanza, paz y verdadera felicidad. Que nos conceda volver a empezar, especialmente en el Sacramento de la Penitencia, y vivir el gozo de las almas que han sido perdonadas por el Señor.


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