Resumen: en la versión larga de la homilía de hoy nos detenemos especialmente en la segunda lectura de hoy, de la carta a los Romanos. En ella, san Pablo nos ha «urgido» a presentar nuestros cuerpos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.
De manera especial, esta entrega corporal hecha por amor se traduce en una virtud que, cuanto más atacada es por el mundo y los medios de comunicación social, más hermosa es y más luminosa parece brillar: la virtud de la castidad. La expresión de san Pablo no solo se refiere a esta virtud pero desde luego que la supone y la exige. «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Los limpios de corazón verán a Dios en el cielo, y lo ven ya en las criaturas. Por el contrario, quien tiene el corazón manchado no ve a Dios en las personas, sino que contempla a las personas como objetos de su satisfacción personal. Al obrar de esa manera, está ofendiendo la dignidad de los demás (porque no ve el misterio de la persona en su totalidad) y también la propia dignidad (porque el ser humano ha sido creado para amar y no para usar egoístamente a los demás).
Pidamos a Dios que nos ayude a todos para vivir la castidad con humildad y según la vocación de cada uno, según la edad y el estado de cada uno. Que nuestros cuerpos sean de verdad una ofrenda agradable a Dios, como nos decía san Pablo. No nos desanimemos ante las caídas pero tampoco nos acostumbremos jamás a los pecados contra la castidad. Pidamos al Señor que cree en nosotros un corazón puro y de ese modo, nuestra capacidad de amar se dilatará hasta el infinito y más allá, porque amaremos como Cristo ama, Él que ofreció su cuerpo en la cruz como sacrificio agradable a Dios y por eso es el mejor modelo de la castidad y del amor que sabe llegar hasta el final. Y que la Virgen María, que es regeneradora de pureza y que la devuelve a quien la ha perdido, nos conceda a todos vivir, estimar, defender, promover y cultivar la castidad en nosotros, los niños y en todos los demás.
Versión larga: Como sabéis, esta semana he estado haciendo cinco días de retiro. Terminé hace dos días por la noche. Para los sacerdotes, es una obligación canónica hacer anualmente estos brevísimos Ejercicios Espirituales. Yo llevo haciéndolos desde que tenía 14 años y por eso, me gustaría comenzar hoy recomendando a todos la práctica de reservar varios días al año a la escucha de la voz de Dios en el alma. Si, como hemos rezado en el salmo, nuestra alma está realmente sedienta de Dios; si como nos ha dicho el profeta, estamos dispuestos a dejarnos seducir por el Señor, entonces sabremos dedicar al menos 2 o 3 días cada año al silencio y la oración.
Dicho esto, quiero hoy centrarme en la segunda lectura, tomada de la carta de San Pablo a los Romanos. Sobre todo, desearía fijarme en la primera parte: «Hermanos: por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan sus cuerpos como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el culto espiritual. No se dejen transformar por los criterios de este mundo».
Casi parece una contradicción porque san Pablo afirma que el ofrecimiento de nuestro CUERPO como sacrificio vivo es un culto ESPIRITUAL. Sabemos que la palabra “cuerpo” no expresa en la teología del Apóstol de los Gentiles solamente la dimensión física de la persona, sino la totalidad del hombre en su unidad de materia y espíritu. Sin embargo, sin duda esa dimensión física está incluida en la expresión paulina. Dicho con otras palabras, san Pablo hoy nos está «urgiendo» a que le presentemos a Dios la entrega voluntaria de todo aquello que constituye nuestro ser personal, poniendo el énfasis en nuestra corporalidad.
Para ofrecer a Dios nuestros cuerpos, debemos ser dueños de nosotros mismos porque nadie pueda dar lo que no posee. Nemo dat quod non habet. Para poseer nuestros cuerpos necesitamos una virtud siempre hermosa, siempre joven, que es la virtud de la castidad. La castidad se orienta hacia el amor: nos permite ser dueños de nosotros mismos para poder entregarnos a Dios y a los demás y poner el bien del otro por encima de nuestra satisfacción personal. Cuando falta esta virtud, la persona no se domina a sí misma y eso le impide darse totalmente al amado. La castidad es la virtud de los hombres íntegros, de aquellos que se dan totalmente, gozosamente, fielmente. La castidad hace hombres libres y la ausencia de ella convierte al hombre en un esclavo. Es también la virtud de los hombres fuertes, y quien no la tiene es débil, hace lo que no debe y traiciona la alianza de amor a Dios que hicimos en nuestro bautismo o la alianza de amor al cónyuge que se hizo el día del Matrimonio. La castidad es la expresión corporal de nuestra fidelidad al verdadero amor. Además, es una virtud eminentemente positiva, ya que nos ayuda a integrar la corporalidad y específicamente la sexualidad, en el amor auténtico: si bien es cierto que la castidad, poseída gozosamente, nos lleva a evitar actos egoístas que tienen como fin la satisfacción sexual; también es verdad que la castidad nos orienta para que expresemos físicamente y de manera ordenada el afecto hacia los demás según el tipo de relación que tenemos con ellos. La misma expresión de afecto que puede ser virtuosa si se orienta al marido o a la esposa, puede ser pecaminosa si se realiza con otras personas con las que no existe una alianza sacramental.
Ya en el siglo primero esta enseñanza era contracultural, y por eso san Pablo se ve en la necesidad de añadir inmediatamente a continuación: «no se dejen transformar por los criterios de este mundo». El mundo desprecia el mensaje cristiano sobre la castidad como despreció a Cristo crucificado. Además de mucha gracia de Dios, la castidad requiere esfuerzo, dominio de sí mismo, negación de nuestros impulsos más instintivos y, como san Pedro en el Evangelio de hoy, nosotros no queremos sufrir ni llevar la cruz de Cristo.
Quiero animaros a todos a no rendiros en esta batalla que libramos con el mundo y con nuestras propias debilidades. Un amor que no es casto, sencillamente no es un amor verdadero. Que nadie tire la toalla si cae: confiemos en la Misericordia de Dios, pidamos perdón y gracia, y volvamos a empezar. El primer paso para tener un corazón limpio es querer tener ese corazón que es agradable a Dios. Si caes, levántate. Si caes mil veces, levántate mil veces. Lucha, no te rindas, no te alejes de los sacramentos, cultiva amistades buenas y hábitos que te hagan recuperar la disciplina y el control sobre ti mismo. Si eres un hombre, sé un hombre de verdad. Si eres una mujer, eleva con tu vida la de los demás. Vale la pena luchar por eso.
Permitidme que finalice repitiendo las últimas palabras del Señor en el Evangelio de hoy. Escuchadlas en este contexto del que hemos hablado y pensándolas particularmente referidas a la virtud de la pureza cristiana y la castidad humilde y gozosa: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras».