En la segunda lectura de hoy hemos escuchado esta afirmación: «para mí, la vida es Cristo, y una ganancia el morir». Recuerdo una explicación que daba un santo sacerdote jesuita, fallecido hace dos años, el Padre Mendizábal. Decía: la palabra vida puede tener varios significados. En un primer nivel, vida se opone a muerte. Cuando se dice que algo «tiene vida» se quiere decir: no está muerto. En el orden sobrenatural, tener vida es vivir en gracia de Dios. Ahora bien, ése es solo el primer peldaño, y si nos conformásemos con quedarnos ahí, nos habríamos instalado en la mediocridad espiritual.
En segundo nivel de significado, la palabra vida es sinónimo de vitalidad. Cuando se dice, por ejemplo: «¡cuánta vida tiene este niño!», se está expresando no solo el hecho de que el niño esté vivo, sino de que posee una gran energía. Es un chico que no para, que no se cansa, que está siempre jugando, hablando y moviéndose. En el orden sobrenatural, una persona está viva en este nivel cuando no solo vive en gracia de Dios habitualmente, sino que está dándose generosamente al Señor en su vivencia de la fe.
Hay un tercer nivel, en el que la palabra vida designa nuestra pasión más intensa. Escuchamos este sentido cuando, por ejemplo, alguien dice: «la caza es mi vida». ¿Qué quiere decir un hombre cuando dice algo así? Que esa actividad es lo máximo, la causa de su mayor felicidad. Que todo gira en torno a eso: elige sus vacaciones en función de eso, gasta el dinero en función de eso, su tiempo libre lo dedica a eso, sueña con eso y su alegría consiste en eso. No le importan los sacrificios que esa actividad le reclama porque ama lo que hace. Es como si eso diera sentido a su existencia. No puede dejar de pensar en cuándo podrá volver a cazar y hasta que llegue ese instante, se prepara y se ilusiona.
«Para mí, la vida es Cristo». San Pablo usa la palabra vida en este último nivel de significado. Quería decir: para mí, Cristo es todo. Cuanto hago, lo hago por Él. Mis sufrimientos los hago con alegría, porque los hago por Él. Todo cuando digo y hago gira en torno a Cristo. Sueño con Cristo. Me juego la vida y me expongo a la muerte por Cristo. Él lo es todo: mi pasión, mi corazón, mi luz, el sentido de mi existencia. Queridos hermanos: ¿de verdad nosotros podemos decir con la intensidad de san Pablo: «para mí, la vida es Cristo»? ¿Lo es realmente? ¿Cuál es tu vida? ¿Qué te hace feliz? ¿Dónde encuentras tu felicidad? ¿Qué te emociona realmente? ¿Con qué sueñas? ¿Por qué vives y por quién te sacrificas? Si la respuesta a todas estas preguntas no es la misma – Jesucristo - entonces todavía tienes un camino largo por recorrer.
Somos como aquellos que esperaban recibir más al final de la parábola del Evangelio de hoy: buscamos la felicidad en otras cosas y los sacrificios por Dios los vemos como algo tedioso, difícil, que nos cuesta. Leyendo el Evangelio de este domingo, desde hace mucho tiempo, yo me hago esta reflexión: ¡el premio de trabajar en la viña del Señor es el hecho mismo de trabajar por Cristo! ¡Es un honor, es gloria eterna, sufrir por Cristo! ¡El salario da igual! Aunque no nos diera nada el Señor – y Él nos lo da todo – yo seguiría trabajando por Él porque lo amo a Él, no lo que Él me da. Ésta era la misma mentalidad de san Pablo: ¡él vivía para Cristo, y anunciar el Evangelio era para él ante todo una gracia (Ef 3,8)!
Pidámosle, pues al Señor, que nos conceda este amor por Cristo que nos lleve a ver la muerte, el oprobio, la persecución y los sufrimientos padecidos por Él como un honor deseable. Que nuestra vida sea realmente y no solo de palabra, Jesucristo. Que el Señor sea nuestro centro y trabajar por él, nuestro único premio. Y que, hasta que Él venga a dar su paga a los que trabajaron en su viña, que Dios nos encuentre con una vida digna del Evangelio de Cristo.