Como el fin de semana pasado, si me lo permiten hay dos consideraciones que deseo compartir con Vds., a partir de las lecturas de este XXVIII Domingo del tiempo ordinario.
La primera tiene que ver con el personaje del final de la parábola que nos ha contado el Señor. Probablemente, aquel invitado que no estaba vestido apropiadamente para la boda, pensaba que su traje sí era el adecuado para la celebración. De lo contrario, no se hubiera atrevido a entrar en el festín. Sin embargo, a los ojos del rey, ese hombre merecía vituperio: «amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta (…)? Arrójenlo fuera, a las tinieblas, allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Forma parte de la enseñanza de la Palabra de Dios - escrita y transmitida por la Tradición de la Iglesia - lo que san Juan Pablo II llamaba «males intrínsecos» y el Papa Benedicto XVI «principios no negociables». Podríamos explicarlo así: en la vida moral, no basta solo con tener buena intención. De hecho, se atribuye a santa Teresa de Jesús, cuya fiesta celebraremos el próximo jueves, la frase: «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones». Al invitado de la parábola le presumimos la buena intención, pero Dios no se conforma, y espera más de nosotros: espera buenas decisiones y no solo buenas intenciones.
Permítanme un ejemplo. En el contexto de las próximas elecciones, no basta decir: apoyo esta opción política o este partido porque creo que es lo mejor para mi país. El Evangelio de hoy nos enseña que eso no es suficiente. Eso es tener buena intención, y nosotros presuponemos buena intención a todo el mundo. La pregunta es: la opción que pretendo apoyar, ¿defiende alguno de esos «males intrínsecos»? ¿Ataca o vulnera esos «principios no negociables»? Si la respuesta es afirmativa, un discípulo de Cristo no puede prestarles su apoyo, con independencia de que puedan haber otros aspectos positivos en el programa electoral de ese candidato, de la misma manera que uno no bebería una bebida a la que hubieran echado un poco de veneno, aunque nos dijeran que la mayoría del líquido fuera salubre.
Tal vez se pregunten Vds. cuáles son algunos de esos principios no negociables, ese veneno que un cristiano no puede beber y para la respuesta me remito a la pregunta 18 del libro de nuestro obispo que estos días estamos enviando a través de Internet. Les pido que lo lean con el corazón abierto y el deseo de obedecer a Dios: https://dphx.org/catolicos-y-vida-publica/
La segunda idea con la que deseo concluir es la del cielo. Tanto la primera lectura como el salmo y el Evangelio nos hablan del paraíso, bajo la forma de una fiesta maravillosa que Dios prepara para nosotros. Allí, el Señor mismo enjugará las lágrimas de nuestros ojos.
El Señor nos invita a esa fiesta y yo les pido que no pierdan el rumbo para que todos podamos llegar a ella. Les animo también a pensar más en el cielo. Cuentan que san Ignacio de Loyola se pasaba las horas en la terraza de su casa en Roma, con la mirada perdida en las estrellas y, con lágrimas cayéndole a hilo sobre sus mejillas, repetía: «¡oh, que pobre me parece la tierra cuando pongo los ojos en el cielo!».
Tengo la impresión que no pensamos suficiente en el paraíso. Dios nos ha revelado esos «males intrínsecos» de los que hablaba antes para que, evitándolos, seamos felices y alcancemos la suprema y eterna alegría con Él. Además, no se conforma con enseñarnos el camino del bien sino que, como hemos escuchado en la oración inicial de la Santa Misa, con su gracia nos precede y acompaña; como nos ha dicho el salmo, camina con nosotros como Buen Pastor y nos lleva hacia esos pastos fértiles de aguas abundantes, donde nuestras almas encuentran descanso. Más aún, nos ha amado tanto, que Él mismo se ha hecho nuestro camino, para que no nos perdamos. Se ha hecho nuestro alimento en la Eucaristía, para que – como nos decía san Pablo – todo lo podamos en aquel que nos conforta.
Por tanto, queridos hermanos, que Dios nos dé una esperanza muy grande en el cielo para que luchemos y venzamos contra el pecado, gastemos la vida por la salvación de las almas, trabajemos sin descanso por nuestro Señor Jesús y, pasemos, como diremos a continuación en la oración sobre las ofrendas de esta Santa Misa, de las pruebas de esta vida a la gloria del cielo.