Esta semana he venido utilizando en mi oración personal estas palabras de san Juan Eudes:
«¡Oh, Jesús! Vos habéis pensado en mí en todos los momentos de vuestra vida. Habéis querido imprimir en mí, por medio del Bautismo, una imagen de vuestra muerte, sepultura y resurrección, haciéndome morir a mí mismo y al mundo, escondiéndome y sepultándome en Vos y con Vos en el seno del Padre, resucitándome y haciéndome vivir con Vos una vida nueva. Yo me entrego a Vos - ¡oh, Jesús! – y me ofrezco al espíritu y la potencia de los misterios de vuestra muerte y resurrección, con el propósito de que Vos me hagáis morir a todas las cosas, que sepultéis mi espíritu en vuestro espíritu, mi corazón en vuestro corazón, mi alma en vuestra alma, mi vida en vuestra vida».
El Evangelio de este domingo suele utilizarse, y con razón, para hablar de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, o de las obligaciones del cristiano con los poderes temporales. La escena que acabamos de presenciar es maravillosa y siempre nos admira la astucia con la que Jesús se escapa de la trampa que le habían preparado los fariseos y herodianos. El relato finaliza, en el cenit de la narración, con la conocidas palabras del Señor: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (v. 21).
Jesús viene a decir en su respuesta que la efigie del emperador grabada en la moneda indica la pertenencia de éstas a la autoridad romana. Puesto que son suyas, es justo pagar los impuestos y devolverle lo que le corresponde. La palabra clave, pues, que decide el litigo presentado al Señor es «imagen», εἰκών en griego: «¿de quién es esta imagen?» (v. 20).
La misma palabra, imagen, aparece también en la oración de san Juan Eudes con la que he comenzado esta homilía. El Apóstol de los Corazones de Jesús y de María nos ha dicho que en el bautismo, Dios ha impreso su imagen en nosotros. El hombre, que ha sido creado a imagen de Dios (Gen 1, 27), recibe además en el sacramento del Bautismo la gracia de unirse a Cristo y ser su imagen en el mundo. Allí nacemos «del agua y del espíritu» (Jn 3,5) porque morimos con el Señor y resucitamos a una vida nueva con Él.
Por tanto, si las monedas que le presentaron a Jesús llevaban la imagen del César, mucho más aún llevamos nosotros grabada en el alma la imagen de Dios y la imagen de Jesucristo. Si la efigie del emperador indicaba que las monedas pertenecían a la autoridad romana, mucho más aún la imagen de Cristo que llevamos impresa en el corazón indica que ninguno de los aquí presentes se pertenece a sí mismo: «ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte, somos del Señor» (Rm 14,7-8). Y, en otro lugar, el Apóstol escribe: «el amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5,14-15).
Por eso tiene razón el salmo cuando dice que debemos dar a Dios toda gloria y honor; tiene razón san Pablo cuando nos recuerda en la segunda lectura que hemos sido escogidos por el Señor; tiene razón san Juan Eudes cuando nos dice que debemos morir a todas las cosas y enterrar nuestro espíritu en el espíritu de Jesús, nuestro corazón en su Corazón, nuestra alma en la suya y nuestra vida en la vida del Señor.
Queridos hermanos, no nos pertenecemos a nosotros mismos. En todo cuanto hacemos debemos seguir esta regla de oro: «¿qué haría el Señor si estuviera en mi lugar? ¿Qué tengo que hacer para que su imagen, impresa en mí, la puedan ver los demás?». Nada de egoísmo, de lujuria, de soberbia, de superficialidad. Que la Palabra de Dios nos enseñe a comprender hoy que somos imágenes de Cristo y le pertenecemos totalmente a Él; que, si debemos algo a la autoridad política, a Jesucristo se lo debemos todo; que, si hemos de cumplir con nuestras obligaciones como ciudadanos, con mayor motivo debemos «obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5,29).
Y, obviamente, en el contexto en el que nos encontramos ahora sumergidos, pedimos al Señor que nos conceda en las próximas elecciones políticos que respeten la imagen de Dios que todo hombre lleva impresa en su alma, imagen que hace de cada persona - desde el momento mismo de su concepción – una realidad sagrada e inviolable, única e irrepetible, nunca suficientemente protegida y siempre digna de ser defendida.