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Tercer Domingo en Tiempo de Pascua (Homilía)

Tercer Domingo en Tiempo de Pascua (Homilía)

abril 18, 2021 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Pascua

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Tanto en la primera lectura de hoy como en el Evangelio aparece la palabra «testigos». San Pedro la utiliza en su primera predicación pública para expresar la misión fundamental de los Apóstoles: «disteis muerte al Autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. De esto, nosotros somos testigos». Por su parte, en la conclusión del Evangelio, el Señor ha dicho a sus amigos: «vosotros sois testigos de esto». ¿De qué? En primer lugar, de los acontecimientos del misterio pascual: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. En segundo lugar, de la Persona misma de Jesucristo y de su enseñanza íntegra, sin componendas.
Queridos hermanos, tal vez esta palabra de testigos nos incomoda un tanto, porque nos parece difícil poder aplicarla a nosotros mismos. Ciertamente, los apóstoles fueron testigos privilegiados porque estuvieron allí presencialmente. Sin duda, ellos son testigos cualificados y por eso son los fundamentos de lo que llamamos en la Iglesia la Sagrada Tradición apostólica. Nuestra fe se fundamente en la de aquellos pobres hombres que fueron vasijas de barro en las que el mundo pudo encontrar los tesoros de Dios.
Ahora bien, nosotros somos testigos también para el mundo de hoy. Un testigo es alguien que ha visto algo de lo que puede dar fe a otros. Por tanto, hay dos aspectos irrenunciables en el testimonio: primero, el hecho de haber estado presentes a los acontecimientos; después, anunciar esos hechos tal y como los hemos vivido.
¿Cómo podemos ser testigos de algo que no hemos visto? ¿Cómo podemos hablar de la resurrección si no hemos tocado el cuerpo glorioso del Señor? Sobre esto, quiero decir dos cosas: sí podemos y debemos dar testimonio de nuestro encuentro con Cristo. Como le sucedió a san Pablo camino de Damasco, también a nosotros nos ha salido al camino el Resucitado. ¡Jesús se deja ver y tocar también hoy!
Alguna vez he dicho lo siguiente: en nuestra vida, reconocemos dos tipos de personas. Unos son aquellos que hemos conocido pero que no nos afectan realmente o cuyo encuentro no nos ha cambiado realmente, de tal modo que podríamos decir: «mi vida sería prácticamente igual si no los hubiera conocido». El segundo tipo de personas lo forman aquellos cuyo encuentro nos ha transformado, aquellos sin los cuales nosotros nos seríamos quienes somos, hombres y mujeres que han tenido una incidencia, un impacto, y han dejado una huella en nosotros de tal envergadura que nuestra existencia sería otra completamente distinta sin ellos.
Desde esta perspectiva, puedo decir sin miedo a equivocarme que la Persona que más influencia ha tenido en mi vida es la Persona de Jesucristo. Sin Jesús, yo no sería yo. Sin Jesús, yo no estaría aquí. Sin Jesús, tampoco sería sacerdote. Mis categorías mentales, mis afectos, mi forma de ver el mundo, el sentido de lo que hago, mi forma de contemplarme a mí mismo, mi día a día, nada sería igual si yo no me hubiera encontrado con Cristo resucitado. Y de eso, yo también soy testigo. Y lo anuncio no como una cosa muerta, como un código de conducta impersonal y tedioso, sino como la mayor influencia de mi vida, como la Persona más decisiva, como la alegría mayor y mi única esperanza. De eso puedo hablar en primera persona.
La segunda cosa que deseaba decir es: en la Eucaristía, ¿no tocamos también nosotros verdaderamente el cuerpo del Señor? En la Santa Misa, ¿no come el Resucitado con nosotros como lo hemos visto comer con sus discípulos en el Evangelio de hoy? Las palabras de san Pedro en Pentecostés en las que afirma: «nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su Resurrección», ¿no podemos usarlas también nosotros que, en cada Misa, comemos y bebemos con Él y de Él mismo?
Por tanto, también nosotros somos testigos de la Resurrección. Cristo también come con nosotros todos los domingos y también a nosotros nos ha tocado y cambiado la vida. Ahora nos corresponde ser sus testigos en el mundo y guardar fidelidad al mensaje del Resucitado, que cualquier persona puede recibir si se arrepiente de sus pecados. El testigo ha de ser fiel en su testimonio porque, si adultera o cambia el mensaje recibido, si no guarda sus mandamientos como nos decía san Juan en la segunda lectura, entonces se convierte en un mentiroso y la verdad no está ya en él.
Finalmente, hay un último elemento del testimonio, y es la eclesialidad. Jesús y san Pedro usan la palabra en plural, testigos. Es verdad que cada uno es testigo de lo que ha vivido personalmente, pero también es cierto que no lo hace de manera aislada, sino en comunión con los hermanos en la fe. Es esa unión en el testimonio la que da fuerza a nuestro mensaje, la que atrae a un mundo dividido como el nuestro, la que ilumina en medio de la oscuridad. La comunión en la Iglesia es el mejor servicio que podemos prestar a los hombres de hoy.
Pidamos al Señor, pues, en esta santa Misa, la gracia del encuentro con Él, del cambio de vida y de la unión con los hermanos en la Iglesia. Pidamos ser testigos de lo que hemos experimentado personalmente, de lo que celebramos semanalmente, de lo que mueve nuestra vida diariamente. Y que así, todos puedan hallar en Cristo resucitado, único Redentor del hombre, el sentido, la alegría y la meta definitiva de la existencia humana.


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