Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi) - Homilía
junio 13, 2020 6:30 p. m. · Sergio Muñoz Fita
Homilias,
Tiempo Ordinario
Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, el Corpus Christi. El amor de Dios es tan grande que, no contento con darnos todo lo que tenemos, en la Eucaristía se ha entregado a sí mismo. Él es el único alimento que da vida eterna. La Iglesia siempre contempla el don de la presencia eucarística del Señor como un don inmerecido y, al mismo tiempo, como una gran responsabilidad. ¿Qué sería de nosotros sin un sagrario al que ir en momentos de oscuridad?
Hoy los ojos van, precisamente, al sagrario de todas las iglesias en las que Cristo está presente. ¡Soledad de Jesús en el sagrario! ¡Cuánto desea ser amado por los hombres y cuánto tiempo está sin nadie que venga a visitarlo!
Hace poco compartía con el diácono Bob una experiencia que hemos vivido estos días tan extraños en los que todavía nos encontramos. Como saben, el Sr. Obispo permitió a quien deseara recibir la Sagrada Comunión venir a recibir el Cuerpo del Señor inmediatamente después de cada Santa Misa. Durante varias semanas tuvimos hasta 5 horas, cada domingo, a disposición de quien deseara venir a recibir la Eucaristía. Como saben bien los voluntarios que nos han ayudado, había momentos en los que venían muchas personas y otros en los que apenas vino nadie. Allí estábamos con el Señor en las manos esperando a que viniera alguien a comulgar. Hubo horas en los que apenas vinieron un par de personas.
En esos momentos, pensaba que era maravilloso encontrarme ahí, que era feliz con Jesús Eucaristía tan cerquita, que estaba sosteniendo en las manos a mi Creador, a mi Redentor, a mi mejor amigo. Otras veces, debo confesarlo, me cansaba de esperar, me tenía que sentar y rezaba. ¿Dónde estaban los que tenían hambre de Eucaristía? Y en uno de esos instantes, mirando las hostias en el ciborio, me pareció como si el Señor me dijera: “Sergio, ¿te cansas por estar aquí esperando unos minutos? Yo llevo dos mil años aquí, y la mayor parte del tiempo, espero a solas… espero que alguien venga a estar conmigo…” Y me pareció entender, con lágrimas en los ojos, que las almas que hacen tiempo para estar con el Señor en la Eucaristía, reciben de Él las gracias más granadas. Que Jesús tiene tantos deseos de ser amado en la Eucaristía que, cuando nos ve aparecer por la puerta de la Iglesia, el Corazón le salta de alegría y se desborda en generosidad hacia esa persona. Que nada puede negar al amigo que pasa las horas con Él ante el sagrario.
Sin la Eucaristía, un Católico no puede vivir. ¿Cómo atravesar el desierto de esta vida sin el maná con el que Dios alimenta a su Pueblo? Espero que los obispos y los sacerdotes aprendamos esta lección del Evangelio de hoy: “si no coméis la carne del hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.” En esos momentos de soledad con la Eucaristía en las manos, esperando a que algún fiel viniera a recibir la Sagrada Comunión, entendí que el Corazón de Jesús tampoco puede vivir sin nosotros. Que su amor es demasiado grande para que nosotros podamos comprenderlo. Que Cristo debe estar loco, como decía Santa María Magdalena de Pazzi, para esconderse en las especies eucarísticas y que nosotros estamos locos también si no amamos su presencia entre nosotros en el Sacramento del altar.
San Pablo nos ha dicho que “el pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque todos comemos del mismo pan.” El deseo más ardiente del Corazón de Jesús es la unidad, la armonía entre sus discípulos, la comunión entre nosotros y con el misterio de la Santísima Trinidad. “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21).
Hoy, en esta hermosísima Solemnidad del Corpus Christi, renovamos nuestro amor por Jesús en la Eucaristía. Le pedimos que nos conceda el don de la unidad para los que comemos un mismo pan, especialmente en estos días en los que esa unidad ha sido atacada de tantas formas. Que dé vida a los que estamos condenados a morir. Que perdone nuestras ofensas contra la Eucaristía, especialmente por los pecados de indiferencia, olvido o abandono. Y que nos conceda vivir de aquel alimento que Jesús pone en nuestros labios, el alimento que es Él mismo, Pan consagrado que es “carne para la vida del mundo.”