En el mundo de hoy, existe tal inflación en el uso de la palabra amor que hemos terminado devaluando su verdadero valor. Como consecuencia de ello, muchos hermanos nuestros ya no comprenden su auténtico significado. De hecho, a veces se emplea esa palabra sagrada, amor, para disfrazar nuestro propio pecado. Decimos amor, cuando en realidad queremos decir egoísmo.
Lo cierto es que el amor auténtico tiene un contenido, y ese contenido es la verdad. Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, escribió en una ocasión: «nunca verdad sin amor, ni amor sin verdad. La una sin la otra se convierte en una mentira destructiva». Tenía razón: cuando se separan estos dos extremos, amor y verdad, tanto una como otra se hacen muy peligrosas. El amor sin verdad se hace falso, y se utiliza para justificar bajo capa de compasión los crímenes o los actos más deplorables, como sucede por ejemplo con el aborto. Por otro lado, la verdad sin caridad se vuelve rígida, dura, gélida, transmisora de odios y divisiones.
La Palabra de Dios nos da hoy dos indicaciones preciosas sobre este particular. La primera es ésta: nuestro amor es la respuesta a un amor primero. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados». En el binomio don y tarea, lo primero es el don de Dios que nos precede: solo después de recibirlo, estamos llamados a responder. Primero somos amados y solo así, podemos también nosotros amar. Eso significa también que hay un orden, una jerarquía en el amor verdadero, que brota de ese Dios que es amor y, por lo mismo, también verdad. Como explicó el Papa Benedicto XVI magistralmente en su famoso discurso en Ratisbona, el mismo san Juan que hoy nos ha dicho en la segunda lectura que Dios es amor, escribe en el Prólogo de su Evangelio que Dios es logos, es decir, Palabra, Razón, Verdad. Nuestro amor es un amor creatural, limitado. El amor de Dios es increado, infinito, eterno, pleno. Es decir, nuestro amor es verdadero cuando participa del amor mismo de Dios.
Ésta es la segunda indicación que hoy queremos considerar de las lecturas de este domingo: puesto que nosotros somos criaturas salidas de la mano de ese Dios que es verdad y amor, y puesto que verdad y amor van siempre de la mano, solo es auténtico aquel amor que es obediente a la verdad de Dios. Lo ha expresado el mismo Señor: «si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor».
Los mandamientos de Dios no son pesados, como nos quieren hacer creer el mundo y el demonio. No lo son porque el mandamiento de Dios es el amor: «éste es mi mandamiento, que os améis unos a otros». Nosotros no obedecimos como esclavos, sino como hijos libres que aman a su Padre y se fían de Él. Ahora bien, solo permanecemos en el amor de Dios cuando construimos sobre su verdad. Como católicos, sabemos bien dónde encontrar esa veta: en la Revelación contenida en la Palabra de Dios escrita y en la Sagrada Tradición que es interpretada auténticamente por el Magisterio universal de la Iglesia.
La conciencia solo es norma vinculante del actuar moral cuando, como ha dicho san Pedro en la primera lectura, es recta: «quien teme al Señor y actúa con rectitud es grato a Dios». No podemos caer en la trampa de aquellos que nos piden sacrificar la verdad de la fe para ser comprensivos, pastorales, compasivos y buenos. Es una trampa porque no hay amor fuera de la verdad. Fuera de la verdad solo hay soberbia, mentira y muerte.
Pidamos al Señor, en esta Santa Misa, que nos haga humildes para aceptar y vivir gozosamente la verdad que Dios nos ha revelado para nuestra salvación y que hemos recibido en el Depósito de la Fe. Que esa verdad nos haga libres para que, libremente, amemos a ese Dios que nos ha amado primero. Que la obediencia a la enseñanza de nuestra Madre la Iglesia sea para nosotros un camino luminoso de vida y que experimentemos nuestro mayor gozo en ser buenos y fieles amigos de Dios: «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». Y que la Misa dominical sea para nosotros siempre el encuentro con nuestro mejor amigo y la renovación de nuestra alianza de amor con él: con su gracia, nos comprometemos a vivir todo lo que Él nos ha mandado para que su alegría pueda estar en nosotros en esta vida, y se convierta en una alegría completa en los gozos del Paraíso.