Comenzamos el Tiempo Ordinario en el deseo de caminar con Cristo. En los primeros domingos de este ciclo segundo, encontramos en las lecturas dos hilos que se van entrecruzando, por así decir, a medida que vamos avanzando: en los Evangelios, escuchamos la llamada de los primeros discípulos y el inicio del ministerio público de Jesús. Este domingo, contemplamos la vocación de Andrés, Juan y Pedro; el próximo, se incorporará al grupo Santiago. La primera lectura siempre se relaciona con el Santo Evangelio y sirve para manifestar o para comprender mejor lo que sucede en el Nuevo Testamento. Hoy, por ejemplo, hemos escuchado la vocación de Samuel, a quien Yahvé elige para su servicio. Esta historia se conecta con el Evangelio, donde aquel Dios que llamaba misteriosamente en la noche invita ahora, en pleno día, sin velos, abiertamente, en la persona de Jesucristo.
En la segunda lectura, sin embargo, iremos escuchando la primera carta de san Pablo a los corintios, específicamente la parte en la que el Apóstol de los Gentiles habla de la fidelidad a Dios en nuestro cuerpo. Hoy nos ha recordado que somos Templo del Espíritu Santo y que por ello hemos de tratar nuestro cuerpo santamente. El próximo domingo, dirá san Pablo que «los que tienen mujer han de vivir como si no la tuvieran… porque la representación de este mundo se termina». En dos semanas, le escucharemos recomendar la virginidad como forma de vida directamente consagrada a Dios.
Estos dos hilos a los que antes hacía referencia pueden parecer independientes a primera vista, pero en realidad están unidos. Lo podríamos expresar así: en los evangelios, Cristo nos invita a seguirle, a caminar con él, a compartir una historia con Él, a realizar un recorrido y en la segunda lectura, se nos dice que ese seguimiento de Jesucristo es un seguimiento corporal.
Queridos hermanos: nosotros ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Somos de Cristo, que nos ha comprado a un gran precio, como decía san Pablo. Llamamos a Jesús Señor. ¡Él es de verdad nuestro Señor solo si es también Señor de nuestro cuerpo! Pero es que, sigue diciendo el Apóstol, no solo pertenecemos a Cristo. ¡Somos su cuerpo! Somos el Cuerpo de Cristo, miembros de su cuerpo y cuando pecamos en el cuerpo, profanamos el Cuerpo del Señor. Fíjense en lo contundente que es esta forma de pensar de san Pablo: por el Bautismo, nos hemos hecho una sola cosa con Jesús. Nos hemos convertido en templos del Espíritu Santo. ¡Soy el cuerpo de Cristo! Y cuando peco en mi cuerpo, ¡hago pecar al Cuerpo de Cristo! El Cuerpo de Cristo no puede pecar en su Cabeza, que es santísima, pero peca en sus miembros. ¿Cómo podemos atrevernos a eso? ¿Cómo podemos ultrajar a Nuestro Señor de esa manera? Tenemos un Dios que se ha hecho carne y la carne humana desde la Encarnación es una realidad divina, que no tenemos derecho a manchar.
Les ruego que me permitan una última consideración: si somos cuerpo de Cristo, entonces Él sigue caminando en la historia a través de nosotros, de igual modo que nosotros debemos de caminar siguiendo a Jesús en nuestro cuerpo. A veces parece que la pureza se entiende como un «no hacer», como una lista de prohibiciones, pero lo cierto es que la castidad es un camino abierto por el que seguimos a Jesús. Hoy leemos el Evangelio y estamos tentados a pensar: «¡qué suerte tuvieron aquellos primeros discípulos que pudieron seguir físicamente a Cristo!». ¿Saben qué? ¡Nosotros también! La pureza cristiana nos ayuda a seguir físicamente al Señor, en un camino de libertad, un camino que convierte la vida en la aventura más extraordinaria. Seguimos a Cristo físicamente a través de la castidad, y seguimos a Cristo físicamente en la Iglesia. Yo he seguido físicamente a Cristo: mi cuerpo me ha traído aquí, a Arizona, lejos de mi familia y mis seres queridos. No es un seguimiento espiritual, interior, imaginario. ¡Es real! ¡Es físico! ¡Cristo me ha sacado de mi casa como sacó a Juan y a Andrés! Y algo semejante sucede en el matrimonio: ¡es un seguimiento físico de Cristo, en la Iglesia!
Por eso, la ideología de género es verdaderamente satánica porque en lugar de decirle al hombre que su cuerpo es para la gloria y la eternidad, que el cuerpo y la sexualidad es un don de Dios y que, al mismo tiempo, le pertenece a Cristo y que él nos lo ha dado como camino para llegar a Él, en lugar de eso, le dice: «ni tu cuerpo es para la gloria, ni tu cuerpo es un don, ni la sexualidad es algo que eres, sino algo que eliges ser». En el fondo, detrás está la vieja tentación de querer ser dioses, querer crearnos a nosotros mismos, rechazar la sexualidad como un don y convertirla en el objeto de nuestra propia decisión.
Por eso, frente a esta cultura sin esperanza, yo os digo a todos: ¡no nos desanimemos nunca por nuestras flaquezas y glorifiquemos a Dios, sigamos al Señor Jesús en nuestro cuerpo! Le digo a los niños: glorificad al Señor en vuestro cuerpo en la alegría de la pureza. Le digo a los mayores: glorificad al Señor en vuestro cuerpo en la castidad. Le digo a los jóvenes: glorificad al Señor en vuestro cuerpo en la abstinencia que es escuela de amor auténtico. Le digo a las mujeres: glorificad a Dios recibiendo con alegría el hermoso don de vuestro cuerpo de mujer. Le digo a los varones: glorificad a Dios en vuestro cuerpo sometiendo vuestras pasiones al amor verdadero. Le digo a las personas casadas: glorificad a Dios en vuestro cuerpo por la castidad conyugal. Le digo a las personas consagradas: glorificad a Dios en vuestro cuerpo en la virginidad. Le digo a quienes se sienten atraídos a personas del mismo sexo: glorificad a Dios en vuestro cuerpo en unión con Cristo crucificado que os ama. Le digo a las personas que tienen problemas de identidad sexual: glorificad al Señor en vuestro cuerpo y no rechacéis el don que vuestro cuerpo es para vosotros y para todos nosotros.
Y, así, sigamos a Jesús, vivamos fiándonos de su misericordia, que nos levanta siempre que nos caemos; que nos fortalece para que logremos la victoria sobre el mundo; y que nos coronará un día si somos fieles a su alianza en nuestro cuerpo y nuestra alma.