El Evangelio de este domingo es tan jugoso que deseo invitaros a que lo utilicéis durante esta semana en vuestra oración personal. Dejad que el Señor os hable en estas palabras que hoy hemos escuchado y, sin prisas, meditad en el mensaje que Cristo desea deciros a cada uno, y que es exclusivo para vosotros.
Cuando uno se mide con la Palabra de Dios y ora según el método de la lectio divina, en primer lugar, debe intentar responder a la siguiente pregunta: ¿qué dice aquí el texto sagrado en sí mismo? Con ello intentamos descubrir la verdad de lo que Dios nos ha revelado. Ahora bien, éste es solo el inicio de una conversación con el Señor que ha de hacerse todavía más personal. En efecto, cuando se ha dado una contestación a esa primera cuestión, a continuación hemos de hacernos una segunda pregunta: «bien, ya sé qué dice aquí la Sagrada Escritura, pero, ¿qué me está el Señor queriendo decir a mí?»
Ese «a mí» es un acto de fe en el hecho de que Dios no solo quiere comunicarse con nosotros, en plural, sino conmigo, en mi singularidad, en la vida que tengo ahora. Él quiere iluminar las situaciones que debo enfrentar en este momento, porque su Palabra no es pasado, sino presente. No es ayer, sino hoy. No es solo historia de algo que sucedió, sino sentido de lo que me pasa ahora.
Ese «a mí» significa también que yo debo darle a Dios espacio, tiempo y silencio porque, si no creo las condiciones necesarias para escuchar, no seré capaz de recibir su Palabra. Él me ha hablado hoy a mí, y yo solo puedo entender lo que me ha querido decir si hago mía su palabra en la meditación reposada y orante. De ahí que os pida no solo que escuchéis hoy en Misa, sino que meditéis después en vuestra casa. La Palabra de Dios solo puede transformar la vida de quien la pondera en su corazón, como hizo María. Es ésta la experiencia que están haciendo las mujeres que están participando en la Misión Ecce ancilla Domini y que nos animan con su ejemplo a realizar también nosotros: hacer tiempo cada día para la oración mental.
PUEDEN LEER UNA HERMOSA LECTIO DIVINA DEL PAPA BENEDICTO XVI EN ALGUNAS DE LAS PALABRAS DEL EVANGELIO DE HOY PULSANDO AQUÍ.
Para no alargarme demasiado, dejadme que comparta con vosotros una sola idea: la Palabra de Dios nos ha hablado hoy de los mandamientos. En la segunda lectura, san Juan nos ha dicho: «quien cumple sus mandamientos, permanece en Dios y Dios en él». Podría parecer que primero hemos de cumplir los mandamientos y, solo después de nuestra obediencia, Dios permanecería en nosotros. Sin embargo, es el mismo san Juan quien, en el Evangelio de hoy, nos ha ofrecido la perspectiva adecuada: Jesús es la vid y nosotros somos los sarmientos. El sarmiento que no está unido a la vid está muerto y no puede dar fruto. ¡Qué imagen más hermosa y más… genial! Es decir, lo primero es la unión con Cristo que nos comunica su misma vida. El fruto de la santidad viene solo después. Si nos falta esa unión, porque nos hemos dejado atrapar por el pecado o por el ruido del mundo, o porque no seguimos cordialmente y con alegría la enseñanza de nuestra Madre la Iglesia, o porque hemos desplazado nuestra amistad con Cristo a un segundo lugar, estamos —tal vez sin saberlo— muertos. Muertos a la vida que Cristo nos da. Muertos a la vida de la gracia, siendo sarmientos que serán arrojados al fuego para que arda.
Como afirma hermosamente el Catecismo (1108), si Cristo es la vid, y el Padre es el viñador, el Espíritu Santo es la sabia que da vida. Por eso, esperemos con impaciencia, en actitud de oración y penitencia, el don que vendrá sobre nosotros en Pentecostés y que nos hará testigos valientes de Cristo en el mundo (como hemos visto admirablemente en el ejemplo de san Pablo en la primera lectura de hoy) y brillar en medio de la oscuridad que nos rodea.
«La gloria de mi Padre es que deis mucho fruto». Queridos hermanos, que en la escucha meditativa de su Palabra entremos en el diálogo diario con un Dios que desea tener una historia con nosotros y hacer un camino a nuestro lado, que en la fidelidad sencilla a nuestra fe católica y en la recepción frecuente de los Sacramentos dejemos que la vida de Cristo dé fruto abundante en nosotros. Que, con María, en María, y como María, recibamos siempre la Palabra que es Jesús y la compartamos con nuestros hermanos los hombres para la salvación del mundo.