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Quinto Domingo en Tiempo de Pascua - Homilía

Quinto Domingo en Tiempo de Pascua - Homilía

mayo 10, 2020 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Pascua

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No quiero alargarme demasiado porque hoy, como hicimos el domingo pasado y todos los días de esta semana, distribuiremos la Sagrada Comunión después de la Santa Misa a todos los fieles que sigan la celebración por internet y se acerquen a la parroquia.

Es todo tan extraño estos días, que uno ya no sabe si debería alegrarse o no por los pasos hacia la normalidad que poco a poco se van dando. La presente situación es de muy difícil lectura, y el aturdimiento suele ceder paso al desaliento. Por eso, en la Misa de hoy quiero quedarme con las palabras iniciales de Jesús en el Evangelio que acabamos de escuchar: “que no se turbe vuestro corazón. Tenéis fe en Dios: tened fe en mí también.”


La fe en Cristo es la única estrella de este cielo nocturno. Él viene hoy a nosotros, en su Palabra y en su Cuerpo entregado, para decirnos: “que no se turbe vuestro corazón.” Entre tantas voces y tanto ruido, ante decisiones incomprensibles y envueltos en tentaciones de todo tipo, en medio de la tormenta que se ha desatado sobre los hijos de la Iglesia, se abre camino una voz, una Persona, unas sencillas palabras: “que no se turbe tu corazón. Ten fe en mí.”

Este Evangelio de hoy, y lo que está pasando en el mundo, me recuerda un comentario que solía repetir un sacerdote extraordinario que conocí en España, el Padre José Manuel Carranza, que falleció en 2018, mientras yo caminaba por Tierra Santa. Murió con 95 años y después de haber visto y vivido mucho, dentro y fuera de la Iglesia, con la sabiduría de los años y de la fidelidad diaria al Señor, él decía una y otra vez, con la mirada pícara, el gesto sonriente y las cejas levantadas: “Hijo, yo solo tengo en nuestro Señor Jesucristo.”

Viviremos en la paz de Dios si ponemos toda nuestra fe en el Señor Jesús, la piedra angular (segunda lectura) que permanece inamovible en medio de las más feroces tempestades. El es nuestro refugio, nuestro escudo, nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Los demás hombres, incluso los mejores son solo… hombres: limitados, frágiles, temerosos, contingentes, caducos, efímeros y pasajeros. Nos decepcionan como nosotros hemos tantas veces decepcionado a gente que nos quería. Nos fallan como nosotros hemos fallado a tantos a lo largo de nuestras vidas. Cristo, sin embargo, ni falla y ni decepciona. Siempre es fiel (2 Tim 2,13), siempre tiene algo nuevo que ofrecernos (Jn 1,39), siempre es luz (Jn 8,12) y siempre está a nuestro lado (Mt 28,20).

Por eso, me vuelvo al Señor resucitado esta mañana para pedirle que nuestra fe en Él sea la única estrella que guíe nuestros pasos. Y añado una segunda petición: envía, Jesús, tu Espíritu Santo. Este año más que nunca lo necesitamos porque, si tú eres el camino para llegar al Padre, tu Espíritu es el camino para unirnos a ti. Él, que es “brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”; Él que “riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo e infunde calor de vida en el hielo”, nos dé la gracia para que no se turbe nuestro corazón en la prueba sino que, por la fe y la confianza en ti, todo sirva para unirnos más a la Voluntad del Padre y, en ella, encontrar alegría, paz y vida eterna.


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