PALABRAS PARA EL 1 DE MAYO
Con más brevedad de lo que suele ser habitual, en este primero de mayo quiero pedir a María, Madre de la Iglesia, que cuide de nosotros y nos mantenga unidos en la caridad, la obediencia y la fe católica. Pido también a San José, a quien nos consagraremos al final de la Santa Misa de hoy, que su presencia callada nos enseñe a vivir siempre junto al Señor y María, sirviendo a Cristo en una vida digna y honrada, imitando las virtudes domésticas del carpintero de Nazaret.
Señor, a través de tu Madre y de San José, a los que no puedes negarles nada porque incluso ahora, en el cielo, ellos siguen llamándote “hijo mío”, te suplicamos la gracia de imitar en la Iglesia el modelo de familia que vosotros formasteis en vuestro hogar de Nazaret: una familia donde la autoridad es siempre reflejo de la Voluntad del Padre celestial; donde la obediencia se vive como camino de armonía y libertad; donde la comunión existe porque todos se ayudan, se sirven y se aman en Dios; donde la gracia sustituye al pecado y el amor es siempre paciente y servicial.
Pedimos por las personas que sufren: en las circunstancias presentes, ponemos ante vuestra presencia en modo particular a quienes sufren por causa del coronavirus. Así mismo, ponemos en los brazos de María a los niños que nunca sentirán el amor de una madre: los que mueren antes de nacer en el aborto, los que son abandonados, los que están tristes porque tienen padres que viven separados o no se aman entre sí.
Finalmente, os ruego, Madre, que obtengas para tus hijos, con la intercesión también de tu esposo san José, la gracia de que los fieles católicos puedan recibir el sacramento de la Eucaristía. En forma especial, te pido por todos mis hijos de Santa Ana: jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección haya sido abandonado de Vos o despedido con las manos vacías. Animado con esta confianza, inclinad vuestros oídos a los ruegos de esta familia: vuestros hijos están pidiéndoos pan. No les deis una piedra. Este ayuno ha durado ya demasiado: perdona los pecados que hemos cometido y, aunque seamos indignos, dadnos a vuestro Hijo Jesús, nuevamente, en la Sagrada Comunión.
Sólo vosotros, José y María, podéis concedernos lo que con fe os pedimos. Tocad los corazones que sean necesarios, obrad los milagros que sean precisos, pero alimentad a vuestros hijos que, como pajaritos que pían en el nido, acuden en su necesidad a vosotros para que les pongáis en la boca el don de la Eucaristía. Si no lo hacéis vosotros, ¿qué otro recurso nos quedaría?
Y hoy, os consagramos nuestros cuerpos y almas, nuestras familias y nuestra parroquia de Santa Ana, y nos comprometemos con la ayuda de la gracia - sin la cual nada bueno podemos hacer – de tal manera que la Voluntad de Dios se cumpla en nosotros como se realizó en vuestra vida: que nuestra confianza en la Misericordia de Dios sea plena; que nuestras obras glorifiquen a nuestro Padre celestial y que, así, nuestra luz muestre a los hombres el camino que lleva hacia ti.
Santa María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros.San José, varón justo y Patrón de la Iglesia universal, ruega por nosotros.