El 1 de abril de 2018 tuve la oportunidad de pasar casi dos horas a solas en el lugar donde según la tradición tuvo lugar el relato que hoy hemos escuchado en la primera lectura. La cúpula de la Ascensión es un lugar único por muchos motivos. Es un espacio pequeño, que hoy forma parte de una mezquita. La cúpula está abierta en su parte superior, evocando de esa forma tan sencilla el misterio que hoy celebramos: la Ascensión de nuestro Señor al cielo. En el suelo se conserva una piedra en la que está marcada la última pisada del Señor en este mundo. Recordé entonces la anécdota graciosa que había leído cuando era niño en la Autobiografía de san Ignacio: cuando peregrinó a los Santos Lugares en 1523, él también oró en ese pequeño espacio y vio la huella de Cristo. Ya se había ido de allí cuando se dio cuenta de que no se había fijado si la pisada grabada en la roca era del pie derecho o del pie izquierdo del Señor, así que dio media vuelta y regresó para fijarse de ese detalle. Si os estáis preguntado qué pie era… parece ser el pie derecho.
San Marcos nos ha dicho que el Señor ascendió y está sentado a la derecha de Dios. Los relatos de la Ascensión que leemos en los Santos Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles nos transmiten la promesa del Espíritu Santo y lo que suele llamarse «el mandato misionero» de Jesús.
«Proclamad el Evangelio a toda criatura»: de este modo, Cristo nos envía a este mundo hostil al Evangelio que sin embargo Él ha amado hasta el final. A veces podemos sentirnos incapaces de una misión tan grande, nosotros que somos tan pequeños. Y es entonces cuando debemos recordar que nuestra fuerza reside precisamente en nuestra debilidad.
San Juan Crisóstomo tiene en este sentido unas palabras maravillosas. Decía él en una de sus homilías:
«Mientras somos ovejas, vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodeen en gran número; pero, si nos convertimos en lobos, entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del Pastor. Este, en efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y, por esto, te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder.Es como si dijera: «No os alteréis por el hecho de que os envío en medio de lobos y, al mismo tiempo, os mando que seáis como ovejas y como palomas. Hubiera podido hacer que fuera al revés y enviaros de modo que no tuvierais que sufrir mal alguno ni enfrentaros como ovejas ante lobos, podía haberos hecho más temibles que leones; pero eso no era lo conveniente, porque así vosotros hubierais perdido prestigio y yo la ocasión de manifestar mi poder. Es lo mismo que decía a Pablo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así es como yo he determinado que fuera». Al decir: Os mando como ovejas, dice implícitamente: «No desmayéis: yo sé muy bien que de este modo sois invencibles».
El Señor asciende hoy, y dentro de pocos días, descenderá sobre nosotros el Espíritu Santo. Es Él el que nos dará la fuerza para ser testigos de Cristo y propagadores de su Evangelio a condición de que seamos corderos que siguen la voz de su pastor.
Pidámosle, pues, al Señor en el día de hoy que nos ayude a abrazar la misión que Él nos confía de llevar su salvación a todos los pueblos de la tierra. Que seamos testigos de la Resurrección también nosotros y que el Espíritu Santo sea para nosotros, como lo fue para los discípulos, el punto de partida de una vida nueva en la que el celo por la salvación de los hombres nos lleve a una vida santa y a gastar la vida por la causa del Evangelio.