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Viernes de la V semana de Cuaresma

abril 03, 2020 12:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Cuaresma

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REFLEXIONES SOBRE LA CURACIÓN DE UN LEPROSO XI

Ayer afirmamos la tesis de que la actividad de Jesús en su ministerio público, focalizada en la predicación y la curación de los enfermos y endemoniados, está en el origen de la centralidad que, en la Iglesia, tienen la Palabra de Dios y los Sacramentos. El Señor ha venido a salvarnos. Nuestra salvación consiste en la comunión con Cristo que se desarrolla después en una vida de santidad, de caridad vivida en grado heroico, de entrega generosa a Dios en los hermanos. En el origen de esa vida divina se encuentra la Palabra de Dios y los Sacramentos.

“Non est enim aliud Dei sacramentum nisi Christus.” No hay otro sacramento sino Cristo. Esta afirmación de San Agustín puede resultar llamativa a primera vista, especialmente para nosotros católicos que hablamos siempre de los 7 sacramentos. El término sacramento es latín y traduce el vocablo griego misterion, misterio. Sin entrar en demasiados detalles, en la Sagrada Escritura, se hace referencia con esta palabra al plan salvífico de Dios que estaba escondido y fue manifestado por el Señor. Así lo expresa, por ejemplo, San Pablo al final de la carta a los Romanos (16, 25-26): “¡Gloria a Dios, que tiene el poder de afianzarlos, según la Buena Noticia que yo anuncio, proclamando a Jesucristo, y revelando un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad y que ahora se ha manifestado!”

Jesús es el Sacramento por excelencia porque si los sacramentos son signos que revelan una realidad más profunda, la humanidad del Señor nos ha hecho ver el misterio de Dios. A Dios, nadie lo había visto jamás: fue el Hijo único quien nos lo ha dado a conocer (Jn 1, 18). Como le dice a su discípulo Felipe, quien le ve a Él, ve al Padre (Jn 14,9). San Pablo dice que Cristo es “imagen de Dios invisible” (Col 1, 15). Como afirma de modo hermosísimo uno de los prefacios de Navidad, el Verbo se encarnó en el seno de María para que conociéramos visiblemente al Dios que, hasta entonces, era invisible.

Es la humanidad del Hijo de Dios la que da origen a la Iglesia y a sus sacramentos. En el rostro del Señor, vemos a Dios. En las palabras del Señor, aprendemos los secretos de la sabiduría divina. Y en las obras de Jesús, el amor de Dios por los hombres se nos manifiesta.

Por tanto, Jesucristo es el único Sacramento en el sentido de que en su humanidad vemos el misterio de Dios manifestado en su plenitud.

Desde esta perspectiva, hemos de mirar cada uno de los gestos del Señor. Él es la Palabra hecha carne, por tanto cada movimiento de su cuerpo es manifestación de un amor infinito de Dios por el hombre. Cada una de sus acciones es visibilización de una realidad infinita e invisible, la de la misericordia divina. Ello se pone de manifiesto, particularmente, en las curaciones del Señor. Como recuerda el Papa Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret” (capítulo VI), los milagros curativos de Cristo son esencialmente signos. ¿Signos de qué? De la obra redentora, del amor de Dios por el hombre, del poder liberador de Dios sobre las fuerzas de la naturaleza y los poderes del mal.

En la mayoría de los casos en los que Jesús sana a alguien, encontramos algún tipo de gestualidad y cada uno de esos gestos tiene un significado, que con la guía de la Iglesia y el don del Espíritu Santo, todos estamos llamados a descubrir. Repitámoslo, el Señor obra sus milagros, en la mayor parte de los casos, poniéndose físicamente en contacto con las personas enfermas, expresando así que su cuerpo es un canal de gracia. La mujer que toca la orla de su manto (Mc 5, 27), el ciego al que unta los ojos con barro y saliva (Jn 9), la hija de Jairo a la que toma de la mano (Mc 5, 41), el sordo al que toca los oídos y la lengua (Mc 7, 31-37) o, el leproso al que, en el caso que vamos a contemplar, toca deliberadamente para sanarlo (Mc 1, 20-45), entre muchos otros.

Finalizaremos esta reflexión mañana pero, ¿cómo no ver en estos signos utilizados por Jesucristo en sus curaciones, esos otros signos que perpetúan en la Historia el poder sanador, milagroso y dador de vida, del Señor? ¿Cómo no ver en el empleo que Jesús hace de la gestualidad de sus movimientos corporales y en el uso de las realidades materiales, el mismo modo de actuación que después, en los sacramentos, Él dejó a su Iglesia, la cual emplea las mismas realidades y los mismos gestos para comunicar la gracia de la salvación a los hombres de todos los tiempos?

Pidamos al Señor que nos ayude a participar en las celebraciones sacramentales con una fe viva, para que puedan realizar en nosotros y en nuestros cuerpos y almas los mismos milagros y efectos que la acción de Jesús causó en la vida de aquellas personas del Evangelio a las que, tocando, sanó en sus cuerpos y dio vida eterna a sus almas.


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