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Fiesta del Bautismo del Señor - Homilía

Fiesta del Bautismo del Señor - Homilía

enero 10, 2021 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Navidad y Epiphania

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Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, con la que finaliza el tiempo de Navidad. Aunque de manera más breve, quiero repetir hoy el mensaje que dice, tal día como hoy, hace un año: en Santa Ana los niños no molestan. Si tienen familias con niños pequeños y lloran, no pasa nada. Sus hijos son los mejores amigos del Señor y eso les convierte en los invitados de honor de nuestras celebraciones litúrgicas. Les pido perdón si alguna vez se han encontrado con algún parroquiano o sacerdote gruñón y pido a todos que ayudemos a los padres con niños para que todos se sientan en Santa Ana como en su propia casa. Cuando en marzo tuve que celebrar la Santa Misa ante un templo prácticamente vacío, una de las cosas que más extrañé fue el ruido de los niños. Con todo lo dicho, también les pido que si sus hijos empiezan a necesitar casi un exorcista (ya saben lo que quiero decir) sean Vds. los que, motu proprio, les saquen un poco para que se puedan tranquilizar y regresar a la Misa con alegría. Intenten también traerlos lo más cerca del altar posible, para que se acostumbren antes y para que se distraigan menos.
Quiero llamar la atención de todos sobre dos frases, de la primera lectura y del Evangelio, que nos traen la misma idea. Dios ha dicho en la primera lectura: «miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias». En el Evangelio, hemos oído la voz del Padre: «tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco». 

Habría que explicar despacio lo que voy a decir a continuación, pero por cuestiones de brevedad debo ir directamente a la conclusión: Dios Padre solo tiene un objeto de complacencia, y es su Hijo Jesús. El Padre no puede amar nada ni nadie fuera de Jesús. Todo su amor se vuelca, se agota —por así decir— en el Señor. Por eso, el camino cristiano debe ser una progresiva asimilación del misterio de Cristo. Él tiene que crecer en nosotros y nosotros debemos menguar, hasta que podamos afirmar con san Pablo: «vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Es en ese término cuando habremos conseguido hacer nuestra vida entera agradable a nuestro Padre celestial. 

Por tanto, la unión plena con la Persona viva de Jesucristo es nuestra misión: todo lo demás —sacramentos, vida de fe y de caridad, negación de nosotros mismos, práctica de virtudes y de servicio al prójimo, fidelidad a la enseñanza de la Iglesia en todas las dimensiones de nuestra existencia— se dirige a la conformación con Jesús para que nuestra vida sea plenamente hermosa a los ojos de Dios. Sin embargo, ése sería por así decir solo la primera etapa de nuestro camino: además, también nosotros hemos de imitar al Padre celestial y no tener otro amor más que Jesucristo. Es decir, todo hay que amarlo en Jesús y en orden a Jesús. Hemos de descubrirle en las personas y las cosas, en la creación y en los eventos de la Historia, en los días felices y en las horas oscuras, y en todo ello, hemos de amarle a Él y solo a Él.
Para ello, la caridad del Padre debe habitar en nuestras almas y también por ello necesitamos la gracia sacramental, la oración, el silencio, la paz interior, la paciencia y la humildad, la perseverancia y la fe que sabe descubrir a Dios en todo. Esta noche, cuando ponga en Flocknote esta homilía, incluiré unas palabras hermosísimas de san Juan Eudes y de san Juan de la Cruz sobre lo que acabo de compartir con Vds. Les pido que las lleven a su oración personal esta semana y que se pregunten si realmente el Padre puede complacerse en nuestras vidas, si somos uno con Jesús, si nuestra vida cristiana es lo suficientemente profunda como para llevarnos a la unión con Cristo crucificado. Preguntémonos también si vemos todos los acontecimientos del mundo y de nuestra vida a la luz de Dios, si podemos realmente decir que Jesús es el único amor de nuestro corazón, nuestro único paraíso, y que todo lo amamos en Él y por Él. 

Que María, que fue plenamente agradable a Dios porque su Corazón fue uno con el de su Hijo, nos ayude a alcanzar esta misma meta y poder así algún día participar del gozo del cielo, siendo uno con el Misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por toda la eternidad.

Palabras de san Juan Eudes:
«El primer y principal, de hecho, el único objeto de amor y complacencia del Padre es su Hijo Jesús. Digo “el único” porque como el Padre ha querido que su Hijo Jesús “sea todo en todas las cosas” (Ef 1,23) y que “todo subsista en Él y gracias a Él” (Col 1,17), Él mira y ama todas las cosas en Él y no mira ni ama sino a Él en todas las cosas. Y, como nos dice todavía san Pablo, “Él ha hecho todas las cosas en Él y por medio de Él” (Col 1,16); “Él ha puesto en Él todos los tesoros de la ciencia y la sabiduría” (Col 2,3), de su bondad y belleza, de su gloria y felicidad, así él mismo nos anuncia a grandes voces que “Él ha puesto toda su complacencia y sus delicias en este Hijo único y querido” (Mt 3,17; 17,5). 

Tras la invitación de este Padre celestial que hemos de seguir e imitar como Padre nuestro, Jesús debe ser el único objeto de nuestro espíritu y de nuestro corazón. Debemos ver y amar todas las cosas en Él y no debemos mirar ni amar nada más que a Él en todas las cosas. Hemos de hacer todas nuestras acciones en Él y por Él porque, así como Él es el Paraíso del Padre eterno, en el cual encuentra su complacencia, así este Padre Santo nos lo ha dado y se ha dado Él mismo a nosotros para ser nuestro paraíso. Es por esto que nos manda hacer morada en Él: “permaneced en mí” (Jn 15,4).

Mirad a vuestro amabilísimo Salvador como al único objeto de vuestros pensamientos, deseos y afectos; como el único fin de todas vuestras acciones; como vuestro centro, vuestro paraíso, vuestro todo. Retiraos en Él con la elevación del espíritu y del corazón hacia Él. Permaneced siempre en Él. Recordad con frecuencia estas palabras: “una sola cosa es necesaria” (Lc 10,42), es decir, servir, amar y glorificar a Jesús. No estáis en la tierra para otra cosa: es el principal, el más importante, el más necesario e incluso el único empeño que tenéis en este mundo.

Acordaos de cuando en cuando que estáis ante Dios y en Dios mismo (Hch 17,28); que nuestro Señor, según su divinidad, os rodea, os llena de tal modo que Él está en vosotros más que vosotros mismos; que piensa continuamente en vosotros y que desde siempre tiene los ojos y el corazón vuelto a vosotros».

Parte de un poema de san Juan de la Cruz:
En aquel amor inmenso que de los dos procedía, palabras de gran regalo el Padre al Hijo decía, de tan profundo deleite, que nadie las entendía; sólo el Hijo lo gozaba, que es a quien pertenecía. Pero aquello que se entiende de esta manera decía: "Nada me contenta, Hijo, fuera de tu compañía; y si algo me contenta, en ti mismo lo quería. El que a ti más se parece a mí más satisfacía, y el que en nada te semeja en mí nada hallaría. En ti solo me he agradado, ¡oh vida de vida mía! Eres lumbre de mi lumbre, eres mi sabiduría, figura de mi sustancia, en quien bien me complacía. Al que a ti te amare, Hijo, a mí mismo le daría, y el amor que yo en ti tengo ese mismo en él pondría, en razón de haber amado a quien yo tanto quería."


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