Querida familia de Santa Ana:
Como hice ayer en la Vigilia Pascual, quiero comenzar esta santa Misa deseándoos a todos, de corazón, una Feliz Pascua de Resurrección. El motivo principal de nuestra alegría hoy no es el interés personal que todos tenemos de vivir eternamente en los gozos del Paraíso. No es ni siquiera la esperanza de la victoria definitiva sobre nuestra muerte. Como reza la famosa oración en forma de poema: “No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.” (You do not have to give to gain my love; For —even if what I hope for becomes hopeless—In the same way I love you, I would love you still.)
No nos alegramos por nosotros. Nos alegramos por Jesús, porque Aquel a quien más amamos, ha triunfado sobre todos sus enemigos.
Como saben, hoy visitaremos muchos hogares de nuestra parroquia y les llevaremos la presencia de Cristo resucitado en el Santísimo Sacramento. El Señor se os acercará hoy como lo hizo con María Magdalena, para confortarla en su dolor; como hizo con los discípulos de Emaús, para levantar sus corazones abatidos; como hizo con sus amigos, sus discípulos, para darles la paz y el Espíritu Santo. Me gustaría llevar a Jesús a todas las casas y a todos los corazones, pero la mies es mucha y los obreros, me temo, son pocos. Perdón de antemano a las personas que no podremos visitar.
Pidámosle a Dios que la luz de la Resurrección cada vez ocupe más espacio en nuestras almas. Que cambie nuestras vidas, primero, y las de quienes nos rodean después. Que seamos todos testigos de la Resurrección del Señor allá donde vayamos, con todas las personas que nos encontremos, y que esa gente vea a Cristo vivo en nuestras obras y palabras, en una vida transformada y santa.
Señor Resucitado, camina con nosotros, ven a nosotros esta mañana y reaviva nuestra esperanza, golpeada por los vientos de este mundo que pasa. Cambia nuestra tristeza en gozo, y nuestras lágrimas en cantos de alegría. Danos tu paz y tu gracia para que las compartamos con nuestros hermanos los hombres, por la salvación del mundo. Porque sólo en ti, ¡oh, Señor! hay vida verdadera, tú que, inmortal y glorioso, vives y reinas, con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y eres Dios, por los siglos de los siglos