Quiero comenzar mis palabras hoy deseándoos a todos unas felices Pascuas de Resurrección. Os ruego que transmitáis mis felicitaciones también a todos vuestros familiares, vengan o no a esta parroquia. Especialmente recuerdo a todas las personas que por enfermedad o ancianidad no pueden estar con nosotros en el día de hoy, celebrando aquí, en el templo, el triunfo de Cristo resucitado.
La principal causa de nuestra alegría en el día de hoy es el triunfo de Jesucristo. No estamos hoy contentos primordialmente por las consecuencias que su resurrección tiene para nosotros. Nuestro corazón se llena de gozo este domingo porque Jesús ha superado los confines de la muerte y vive para siempre con el Padre en el cielo. Cuando parecía definitivamente derrotado, aquel a quien amamos se ha levantado glorioso, y ha ocupado su sitio a la derecha del poder del Altísimo. Nuestro hermano Jesús nos enseña así la gran lección de la confianza en Dios. El mal y el pecado no son más poderosos que la gracia y la vida divina. Es cierto que a veces, muchas veces incluso, parece que los enemigos de la cruz de Cristo dominan el campo de batalla, pero es una falsa percepción: en realidad, la batalla está ya decidida y el lado de Dios es el que finalmente se llevará la palma de la victoria.
Así vemos a Cristo glorioso en el día de hoy: luminoso, fuerte, bello como el más hermoso de los hijos de los hombres, pleno de vida eterna. Es el buen pastor que ha atravesado los valles de la muerte y hoy nos conduce a los verdes pastos de la eternidad dichosa en el Paraíso. Verdaderamente, san Pablo tenía razón cuando escribía que si Jesús no hubiera resucitado, seríamos los más desdichados. ¿Cómo puede alguien vivir sin esta esperanza? El hombre se hunde bajo el peso de su propia oscuridad cuando no deja que la luz de Dios inunde todos los rincones de su alma. Hoy, sin embargo, el sol que no conoce el ocaso brilla y ya no se apaga más. Señor, disfruta esa felicidad infinita que traspasa hoy todo tu cuerpo y tu alma y que es el premio con que tu Padre y nuestro Padre te corona después de tu fidelidad en la prueba.
Obviamente, hoy también nos alegramos porque se nos ha regalado la única esperanza que no defrauda. No defrauda porque lo que esperamos recibir algún día, lo vemos ya realizado en Cristo resucitado. Por tanto, no estamos esperando algo bueno que deseamos pero que no sabemos si realmente sucederá. Ha ya sucedido en la carne glorificada del Hijo de Dios. Alguna vez lo he expresado con estas palabras: lo que para nosotros es futuro, para Jesús resucitado es ya presente. Nada puede apagar esa lumbrera radiante. Caminamos hacia una libertad que ya ha sido conquistada para nosotros.
Queridos hermanos: la resurrección del Señor no es solo esperanza para la vida después de la muerte. Es también acicate para vivir ya ahora de la gracia del Resucitado. Somos invitados a ser testigos de la Resurrección de Jesucristo, anunciando a los hombres, tan desorientados, que el Señor vive y que Él desea salvarlos. Somos llamados a mostrar al mundo el reflejo del Señor resucitado en la santidad, sencilla y preciosa, de nuestra vida ordinaria. Hemos de ser difusores de gracia, gozo pascual y gloria en nuestras familias y nuestros ambientes.
Tengamos fe en quien nunca falla y vivamos esperando por verle, como lo hicieron los apóstoles, cara a cara. Hasta que llegue ese momento, seamos fieles al Señor Jesús y trabajemos en la Iglesia por la salvación del mundo. Vivamos la vida nueva que hoy nos regala y afrontemos las cruces con la certeza de que «los sufrimientos del tiempo presente no tienen comparación con la gloria que algún día se nos descubrirá» (Rm 8, 18).
Que el Señor nos conceda la vida imperecedera con Él, con nuestra Madre María y con todos los santos, en los gozos de la eternidad.