En el salmo de este domingo, la Iglesia nos invita a exclamar: “cantaré eternamente las misericordias del Señor”. Dios recompensa el bien que hacemos en su nombre. A veces, su premio nos llega en esta vida, como le sucedió a la mujer de la primera lectura que recibió el don de un hijo por su caridad a la hora de recibir al profeta Eliseo. Sobre todo, nosotros tenemos puestas nuestras esperanzas en la eternidad, donde Dios no dejará sin recompensa ni siquiera un vaso de agua que hayamos dado en su nombre.
San Juan Bosco solía decir a sus niños y a los primeros salesianos que se unieron a él: “Ci riposeremo in Paradiso”. Descansaremos en el Paraíso.
Santa Teresa de Jesús, por su parte, decía que “¡Dios muy buen pagador, y tenéis un Señor y un Esposo que no se le pasa nada sin que lo entienda y lo vea! Y así, aunque sean cosas muy pequeñas, no dejéis de hacer por su amor lo que pudiereis. Su Majestad las pagará; no mirará sino el amor con que las hiciereis” (Conceptos del amor de Dios, capítulo I).
Dios mira el amor con que hacemos todo, incluso lo que parece pequeño e insignificante, se hace hermoso y grande a los ojos de Dios si lo hacemos por amor a Él. Y aquí, el acento hay que ponerlo en las últimas palabras: “a Él”. Nos ha dicho el Señor en el Evangelio: “Quien recibe a un profeta por ser profeta, recibirá paga de profeta, y quien reciba a un justo porque es justo, recibirá una paga de justo”. El Señor cuenta hasta los actos más ordinarios y sencillos, como dar un vaso de agua, pero hemos de hacerlos movidos por el amor a Él.
Os invito, pues, a elevar toda vuestra vida, haciendo todo “por amor a Dios” para que así todo, hasta los actos en apariencia más normales y vulgares, adquieran un valor de eternidad. Os animo a la generosidad más absoluta con el Señor porque Él jamás se deja vencer en generosidad. Os animo al agradecimiento sincero y profundo al Señor cuando Él tenga a bien daros parte de esa recompensa en esta vida en forma de bendiciones y alegrías buenas y sanas. Os animo a morir al pecado, como nos decía San Pablo en la segunda lectura, con el fin de que podamos vivir ya desde ahora en Cristo Jesús. Os animo a no esperar el premio a vuestra fidelidad en esta vida sino que, como hicieron los santos, busquemos el único, verdadero y eterno descanso en el Paraíso.
Que nuestra vida sea un gran acto de caridad hacia los demás, especialmente los necesitados, los que tienen sed, los que necesitan un techo donde cobijarse, los que no tienen a Dios y necesitan el don de la salvación en Cristo. Que el Señor nos conceda perder la vida en este mundo para poder encontrarla en la eternidad. Que nos conceda poner el servicio de Dios por delante de los lazos naturales, por hermosos que estos sean. Que nos conceda llevar la cruz y seguir al Señor.
Pregúntate cuál es la cruz que tú debes llevar: tal vez una dificultad en casa, tal vez la confusión que existe en el mundo de hoy, tal vez una enfermedad, una limitación, una herida que no termina de curar. Quizás es una debilidad que te hace caer constantemente, o una situación laboral difícil. Tal vez sea la falta de un amor grande y hermoso, o la soledad, o la división, o la sensación de llegar al final del camino, o el dolor por seres queridos que siguen alejados de Dios.
Llevemos esas cruces con el Señor. Sigámosle y no dejemos que las dificultades nos alejen de Él, porque si no dejamos de seguirle, después de las pruebas de esta vida, después de morir con Cristo, como decía San Pablo, Él nos hará ver lo que Dios ha preparado para los que le aman.