St. Anne Roman Catholic Parish Logo
St. Anne Roman Catholic Parish
  • English
  • Acerca de
    • Contacto
    • Campus Map
    • Preguntas frecuentes
    • Encontrar Ayuda
    • Únete a Sta. Ana
    • Leadership & Staff
    • Juego de trivial
  • Conéctate
    • Anuncios
    • Eventos
    • Calendario de instalaciones
    • Liturgia
    • Proyección Social
    • Visita Flocknote
  • Medios de comu...
    • Medios de comunicación
    • Transmisiones en vivo en YouTube
    • Envios de boletines y medios
  • Recursos
    • Sacramentos
    • Nuestra vida en Cristo
    • Santa Ana en Flocknote
    • My Own Church
    • O.I.C.A.
    • Ambiente Seguro
  • Más
    • Donar por Internet
    • Cómo donar en línea
    • Campaña de Caridad y Desarrollo
    • Lista de deseos de Santa Ana
    • Contribuye mientras haces la compra en Fry's
    • Contribuciones regulares en línea
    • Servir
    • Los Porteros de San José
    • Oportunidades de voluntariado
  • Medios de comunicación
  • Ver en directo
Decimoséptimo Domingo en Tiempo Ordinario (Homilía)

Decimoséptimo Domingo en Tiempo Ordinario (Homilía)

julio 26, 2020 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Tiempo Ordinario

entry.speaker.one().title

Resumen: la versión larga de la homilía de hoy, que podrán leer esta tarde en internet, es una reflexión de lo que significa el hallazgo de ese tesoro y de esa perla de la que nos acaba de hablar Jesús en el Evangelio de hoy.

Antiguamente, se decía en latín qui amat, non laborat. Cuando algo nos gusta, cuando amamos algo, no nos cuesta hacer sacrificios por aquello que deseamos. El objetivo es tal vez el fruto de un gran esfuerzo, pero estamos dispuestos a realizarlo porque vale la pena hacerlo. Subir la montaña es siempre exigente, pero sabemos que, para ver los mejores paisajes, es necesario remontarse a la cima. Se podrían poner muchos ejemplos y, seguramente, todos tenemos más o menos experiencia de esto.

Cristo es el tesoro del Evangelio de hoy. ¿Estamos dispuestos a abrazar los sacrificios que sean precisos para alcanzarlo? Quédense con esta palabra: todo. «Vende todo lo que tiene y compra el campo». Es decir, Jesús hoy nos dice que para alcanzarle, no basta ser muy generoso y darle muchas cosas sino que hemos de estar dispuestos a renunciar a todo. “El que pierde su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,39).

La segunda enseñanza es que, por Cristo, vale la pena darlo todo. Que deberíamos vaciarnos con alegría porque sabemos que no hay proporción entre lo poquito que podemos sacrificar y lo mucho que vamos a recibir como fruto de esa negación.

Por eso, hoy le pedimos al Señor que nos dé amor, coraje, fe, confianza, celo, generosidad - ¿he dicho ya coraje? – para jugarnos la vida a una sola carta, para saltar del avión sin paracaídas, sabiendo que, a quienes ponen toda su confianza en el Señor, Cristo no les falla nunca, les llenará el corazón con la alegría más intensa y más pura que se puede experimentar y, tras las luchas y sacrificios de esta vida, les abrirá la puerta a los gozos eternos en el paraíso.

Versión larga: Cristo es el tesoro del Evangelio de hoy. ¿Merece la pena jugarse la vida entera a una sola carta? ¿Es prudente arriesgarlo todo por el Señor? San Pablo escribe en su carta a los Filipenses: «por él lo perdí todo, y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo» (Fil 3,8). Me pregunto qué estamos dispuestos a sacrificar nosotros, de verdad, por amor a Jesús. Me pregunto si realmente estamos convencidos de que Jesús sea el verdadero tesoro de nuestras vidas, la perla de gran valor por la cual estamos dispuestos a venderlo todo.

Hemos oído muchas veces que la palabra Evangelio, etimológicamente, significa en griego «buena noticia». ¿Es realmente nuestra relación con el Señor causa de gozo? Fijémonos que, en la parábola que hoy Jesús comparte con nosotros, la persona que encuentra el tesoro escondido no sacrifica todo lo que tiene con tristeza, resignadamente, con lágrimas en los ojos. Lo que le empuja a darlo todo es la alegría. «Lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra el campo». Se alegra porque sabe que, en el cambio, va a salir ganando. San Pablo vuelve a darnos luz en este sentido; en la misma carta a los filipenses resume toda su existencia con estas palabras: «para mí, la vida es Cristo» (Fil 1,21).

Ahora vemos con claridad lo que a veces nos cuesta tanto comprender. Entendemos por qué ha habido gente que se ha dejado matar por ese tesoro. Comprendemos la locura de quien abandona proyectos personales y se pone totalmente en las manos de ese Dios hecho hombre por nosotros. Solo así captamos la belleza de quien se vacía de sí mismo en servicio de su familia y de la Iglesia. No es gente loca. No son pobres desgraciados que han perdido el juicio. No son dignos de lástima por el hecho de haber abrazado el misterio de la cruz. Esa gente son gente enamorada. Gente apasionadamente enamorada. Gente con almas rebosantes de un gozo que, si nosotros lo experimentáramos, tal vez moriríamos de alegría. Son personas que quizás parecían estar fuera de sí cuando compraron el campo porque nadie podía ver el tesoro que había enterrado en él pero que demostraron con su audacia y su determinación ser los más sabios, con esa sabiduría de la que nos hablaba la primera lectura, que consiste no en tener más sino en ser más.

Queridos hermanos: las parábolas del Evangelio de hoy nos obligan a pensar en nosotros mismos. La única respuesta adecuada al hallazgo del tesoro o de la perla, es la entrega completa de nosotros mismos. No podemos negociar, porque solo quien lo da todo, recibe el premio de su generosidad. Con otras palabras: o lo damos todo, o nos quedamos sin nada. No hay término medio. Cristo o el mundo. Gloria o mediocridad. Vida o muerte.

Llévate a casa, te ruego, la Palabra de Dios que acabamos de escuchar y pregúntate si tú has vendido ya todo por Cristo. Si estás dispuesto a darlo todo por el Señor. Si para ti, Cristo es tu único tesoro, tu única riqueza. Si Jesús es tu mayor alegría. Si en tu amor por él sacrificarías los anhelos más secretos de tu corazón.

Deberíamos salir hoy de esta iglesia con una cierta sensación de vértigo porque yo creo que Dios nos está invitando a nosotros a venderlo todo por su Hijo Jesús.

Podemos volver a casa como si no hubiéramos escuchado este Evangelio, como si no fuera para nosotros, como si nuestra vida pudiera seguir igual después de lo que nos acaba de decir Cristo. O podemos tomárnoslo en serio, hacer que sea el comienzo de una revolución interior. Podemos mirar a Cristo crucificado, que también lo dio todo por nosotros, sentir asco de nuestra mezquindad y decidirnos a no regatearle a Dios lo que sabemos que nos está pidiendo.

Que la Santísima Trinidad nos conceda la generosidad de las almas grandes. Que nos conceda ver en Jesús la causa del mayor gozo en esta vida y en la otra. Que nos dé a nosotros, como a Salomón, un corazón sabio que comprenda la Ciencia de la santidad y que, sirviéndonos de todas las cosas - porque todas las cosas sirven para el bien de los que aman a Dios - alcancemos la felicidad que experimentan solo aquellos que están dispuestos a entregarlo todo.


Acerca de
Contacto
Campus Map
Preguntas frecuentes
Encontrar Ayuda
Únete a Sta. Ana
Leadership & Staff
Juego de trivial
Conéctate
Anuncios
Eventos
Calendario de instalaciones
Liturgia
Proyección Social
Visita Flocknote
Medios de comu...
Medios de comunicación
Transmisiones en vivo en YouTube
Envios de boletines y medios
Recursos
Sacramentos
Nuestra vida en Cristo
Santa Ana en Flocknote
My Own Church
O.I.C.A.
Ambiente Seguro
Más
Donar por Internet
Servir
© 2026 La Parroquia de Santa Ana