Resumen: En la versión larga de la homilía de este fin de semana, que podrán encontrar en Internet, meditamos en una de las múltiples enseñanzas de este domingo XVI del Tiempo Ordinario: la paciencia infinita de Dios.
Recuerdo que, en los primeros Ejercicios Espirituales que realicé, siendo yo adolescente, con los jóvenes de Acción Católica de Cuenca, el sacerdote que nos dirigía nos citó estos versos que no he olvidado desde entonces:
«¡Oh paciencia infinita en esperarme!
¡Oh duro corazón en no quereros!
¡Que esté yo cansado de ofenderos
y no lo estéis Vos de perdonarme!»
Dios no se cansa de perdonarnos. Nos se cansa de esperar a que demos frutos de conversión y de santidad. Nosotros nos cansamos antes de amar a Dios que Él de perdonar nuestros muchos pecados.
Decía la primera lectura que Dios da tiempo al pecador para que se arrepienta. Decía el salmo que el Señor es lento a la cólera y rico en clemencia. Decía Jesús en la parábola que el dueño del campo espera al tiempo de la cosecha para separar el grano y la cizaña. Dios nos da tiempo, queridos hermanos: ¿lo estamos aprovechando? ¿Damos el fruto que pide la conversión?
Cada segundo de nuestra vida es una oportunidad. El Señor nos dará tantas oportunidades como quepan en el tiempo, largo o corto, de nuestra vida. Pero un día, el tiempo se terminará y entonces, cuando llegue la hora de la siega, Dios vendrá a buscar fruto.
Pidámosle al Señor, por la intercesión de María, que no desperdiciemos el tiempo y que, desde hoy mismo, sin dejar que pase un día más, demos frutos de santidad, que nos harán felices en esta vida, y nos harán brillar algún día como el sol en el Reino de nuestro Padre celestial.
Versión larga: Desde la semana pasada y hasta la semana que viene, el Señor nos está enseñando a través de parábolas. Nos invita a que le escuchemos, dejando a un lado las preocupaciones de nuestra vida ordinaria. Hace siete días, al inicio del Evangelio se nos ofreció la siguiente composición de lugar: «salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas». Qué imagen tan hermosa: el Señor, sobre la barca, meciéndose sobre las olas tranquilas del mar mientras la gente le escucha en la orilla; el sembrador, echando la semilla desde el mar en el corazón de aquellas almas que le oían en silencio.
Quien desea oír su voz, tanto entonces como ahora, debe también salir del ruido y buscarle en la calma serena del recogimiento. Debe ir a ese «lugar desierto» desde el que Él nos habla. ¿Qué nos ha dicho hoy? ¡Tantas enseñanzas! Nos fijaremos sólo en una de ellas: la paciencia de Dios.
La imagen del grano nos habla del tiempo necesario para que la semilla crezca. Las cosas no suceden de la noche a la mañana. En la Carta de Santiago, leemos estas palabras: «el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que caigan las lluvias del otoño y de la primavera» (Sant 5,7). Dios actúa así con nosotros: su Misericordia le lleva a dejar que la cizaña y el trigo crezcan juntos, hasta el momento de la cosecha. En la primera lectura de hoy, el Señor nos ha dicho: «das tiempo al pecador para que se arrepienta». Y en el salmo hemos escuchado decir que «el Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia». Es la misma idea, en los tres casos, la que nos acaricia el alma con esta «dulce esperanza»: Dios es bueno, Dios aguarda, Dios es paciente, Dios no nos urge.
Es importante que comprendamos bien lo que nos está diciendo hoy el Señor. La Misericordia divina no es una excusa para la mediocridad. No es tampoco un salvoconducto para entrar en el cielo sin importar cómo vivamos o lo mucho que amemos al Señor. No es una carta blanca para que hagamos lo que queramos. No, la paciencia de Dios es el respeto infinito que tiene nuestro buen Señor hacia la naturaleza histórica y creada de sus hijos. En la vida espiritual, como en la vida física, hay un desarrollo, una evolución en etapas diversas, y Jesús no nos pide más de lo que podemos llevar. No le pide frutos a la semilla, sino al árbol. Como nos decía la lectura del libro de la Sabiduría, «juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza».
Sí, Dios, como buen Padre, nos gobierna con delicadeza. San Pablo nos decía que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad». El Señor es muy comprensivo, muy tierno con sus hijos. Sabe que somos débiles y nos va conduciendo poquito a poco, paso a paso, día a día.
Algunas personas creen que la Misericordia de Dios es una buena razón para seguir pecando. Piensan así: «Dios me va a perdonar porque me quiere. Puedo, por tanto, hacer lo que quiera». ¡Qué gran error y qué gran pecado es la presunción! ¡Precisamente la Misericordia de Dios es la mejor razón para luchar contra nuestros pecados! Porque, ¿cómo podemos tratar tan mal a un Padre tan bueno? ¿Cómo voy a romperle el corazón a quien me quiere tanto? ¿Cómo me atrevo a manipular su amor, que es lo más hermoso que existe, para continuar en el pecado, que es lo más espantoso que puede haber? San Pablo escribe en la Carta a los romanos, que también estamos escuchando estos domingos: «¿desprecias la riqueza de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, sin reconocer que esa bondad te debe llevar a la conversión?» (Rm 2,4).
Pero es que, además, llegará el tiempo de la cosecha. No es que se acabe la paciencia de Dios entonces. Lo que se acabará es el tiempo para arrepentirnos. Y cuando se nos acabe el tiempo, perderemos la posibilidad de pedir perdón. El que muere en gracia, queda en gracia para siempre. El que muere en pecado, queda en pecado también para siempre. Y el Señor nos ruega con su palabra en el día de hoy, a que no abusemos de su amor, a que no juguemos con la posibilidad de nuestra condenación, a que volvamos a él hoy, ahora, en este momento.
Que nuestra Madre María nos enseñe a abrir el corazón al amor de Dios, servirnos de su misericordia para avanzar en el camino de la santidad, merecer así llegar al Reino de nuestro Padre y brillar allí, como el sol, por toda la eternidad.