Esta semana hemos regresado al Tiempo Ordinario, que se detuvo allá por el mes de febrero. Han sucedido tantas cosas en la Iglesia y en el mundo desde entonces que parece que ha pasado una eternidad. Así como el calendario litúrgico nos devuelve a la normalidad después de las celebraciones extraordinarias de Cuaresma y Pascua, espero que esta vuelta al tiempo ordinario sea una señal de que pronto podremos volver a nuestras vidas tal y como eran antes de esta hecatombe.
El Evangelio de hoy y la primera lectura nos invitan a renovar nuestra confianza en la mano providente de Dios. “Hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”, dice Jesús. Si Dios protege y cuida la vida de los pajaritos, ¿cómo va a descuidar su obra más preciada, que somos nosotros?
Por su parte, en la primera lectura, el profeta Jeremías se ve rodeado por hombres que buscan su perdición: “todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: ‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él’.” Sin embargo, el profeta no teme a sus enemigos porque no está solo: “el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo”.
Es probable que en los últimos meses hayamos pecado contra la Providencia de Dios, que muchos hayan temido, frente a las dificultades de la vida, que estábamos luchando solos contra las adversidades. La confianza en la Providencia de Dios es fuente de paz. Aleja de nosotros la inquietud y nos hace ser niños otra vez. Quien se abandona a la Providencia de nuestro buen Padre celestial, vive despreocupado de todos los peligros porque, como escribía Santo Tomás Moro a su hija Margarita desde la Torre de Londres, mientras esperaba la sentencia de muerte que le llevo al martirio por su fidelidad a la Iglesia, “nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.
La Providencia divina es misteriosa. Solía definirse como el cuidado que Dios tiene de todas sus criaturas, especialmente del hombre. Es evidente que nadie puede penetrar la mente del Señor y conocer todas las razones que están detrás de los acontecimientos de la historia. Sin embargo, la fe nos enseña que la Santísima Trinidad nos protege y que de todo lo que sucede, Dios puede sacar bien para nosotros.
“El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia.” Estas palabras del Catecismo (303) deberían hacer que afrontáramos las situaciones adversas con una actitud de abandono filial en el amor de nuestro Padre: “Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6,33).
San Pablo nos ha dicho que la muerte entró en el mundo a causa del pecado. Cristo, sin embargo, nos ha traído “la abundancia de la vida y la gracia de Dios” (Rm 5,15). El cristiano debe poner toda su atención en vivir con fidelidad su relación de amor con Dios, la práctica de la caridad y la negación propia (como nos dirá el Señor el próximo domingo), su vida de oración y meditación de la Palabra divina. Nada más debería preocuparle porque, como nos decía Jesús en el Evangelio, no podemos temer a quienes matan el cuerpo.
A la luz, pues, de lo que nos dice el Señor en las lecturas de hoy, le pido que nos ayude a no preocuparnos de nada más que de agradarle a Él. Que la Iglesia enseñe a sus hijos, con las palabras que Jesús nos dirige hoy, a no tener miedo, a fiarnos de Dios especialmente en los momentos más difíciles y a saber que Cristo, hermano nuestro y abogado nuestro ante el Padre, defenderá el día del juicio a quienes que no le nieguen en esta vida y permanezcan fieles a su amor hasta el final.