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Decimoquinto Domingo en Tiempo Ordinario - Homilía

Decimoquinto Domingo en Tiempo Ordinario - Homilía

julio 12, 2020 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Tiempo Ordinario

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Resumen: las lecturas de hoy nos invitan a que hagamos un examen de conciencia y nos preguntemos qué tipo de tierra somos. La parábola del Señor ha sido explicada por Cristo mismo en el Evangelio de hoy. Lo que nos corresponde a cada uno, por tanto, es cuestionarnos si estamos dando mucho fruto o si, por el contrario, la Palabra de Dios ha caído en nuestras almas pero no ha sido fuente auténtica de vida nueva. 

En la versión larga de la homilía que podrán encontrar mañana en Internet, reflexiono sobre el poder de la palabra - incluso de la palabra humana - y la importancia de no dar paso en nuestro corazón a discursos y palabras que puedan dañar nuestro corazón. ¿Tiene raíz nuestra vida cristiana? ¿Somos inconstantes y abandonamos cuando llega el momento de la prueba? ¿Vivimos atrapados por las preocupaciones del mundo y no dejamos que la semilla de la Palabra dé frutos de santidad? ¿Somos inconstantes en nuestra vida de fe? Si miramos a nuestra vida, ¿podríamos describirla como una «cosecha abundante», como dice el salmo de hoy?

La imagen de la semilla también nos habla de la paciencia del sembrador. Dios es aquel que espera. Que aguarda el fruto y no se cansa de esperar. Sin embargo, el tiempo por su propia naturaleza, no dura para siempre. El Señor está dispuesto a esperar toda una vida pero si siembra, es con la esperanza de encontrar fruto. ¿Estamos ahí nosotros, dando frutos de vida eterna?

Que el Señor nos conceda ser tierra buena. Que nosotros trabajemos esa tierra, cooperando con la gracia de Dios, removiendo las piedras, abriendo los surcos, regándola con el agua de la oración, los sacramentos y la caridad. Sí, trabajemos porque los sufrimientos de ahora no son nada comparado con la gloria que un día se nos manifestará. Y que, a partir de ahora, vivamos de toda Palabra que sale de la boca de Dios. 

Versión larga: ¿Se han parado a pensar en el poder de la palabra? Las palabras que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida nos han transformado en las personas que somos. Hemos sido modelados por tantas palabras: las que fueron dichas con amor y cariño nos hicieron mejores; las que se pronunciaron con odio o indiferencia nos abrieron heridas que tal vez todavía llevamos tatuadas en el alma. La palabra es el vehículo de la cultura, de la fe, de nuestra visión del mundo. Una palabra puede llevarnos a nacer de nuevo o puede destrozar la existencia de una persona. Las palabras vacías hacen nuestra vida vacua. Las que nacen del silencio están cargadas de vida y de significado. Nos dan esperanza o nos hunden. Nos comunican la gracia o nos alejan del camino que lleva a la vida. 

Las lecturas de hoy nos hablan de la Palabra de Dios. En su Palabra, Dios se comunica a sí mismo. Que Dios nos hable significa que nos ha hecho interlocutores suyos, que nos ha llamado a una relación con él, que nos invita a compartir un camino que da significado a nuestra vida. ¡Dios nos ha hablado! Si las palabras del hombre son tan poderosas que pueden cambiar la historia de los hombres y de las sociedades, ¡cuánto más eficaz e irresistible es la Palabra de Dios! Su Palabra sacó de la nada el universo entero. Su Palabra viste cada mañana los campos de flores y cuelga cada noche las estrellas en el cielo. La Palabra de Dios da vida a los muertos, cura a los enfermos, pone un límite al misterio del mal en el mundo. A los que se han perdido, les muestra la senda que lleva a la gloria. A los que están sucios, los limpia y purifica. A quienes han perdido toda esperanza, les alfombra el camino de luz y de ilusión.

Ésa es la Palabra que escuchamos cada domingo en la Santa Misa, la que el sembrador esparce en la tierra de nuestras almas infatigablemente todos los domingos. La Palabra de Dios es una semilla que da vida eterna a quien la recibe. ¡Dios nos habla para darnos vida! Para introducirnos en su amistad, para abrirnos su intimidad. Es una palabra cargada de amor, de verdad, de plenitud. Se derrama sobre nosotros como la lluvia y la nieve (Is 55,10), con la esperanza de que el hombre la reciba, pero el hombre no sabe ya escuchar. Hay tanto ruido, tantas otras palabras sin sentido, tantos discursos llenos de falsedad, que el hombre se ha negado a tener con Dios una conversación amistosa y salvadora. 

La Palabra de Dios no es una palabra más entre otras. Es LA Palabra. La Palabra que es el fundamento de todo lo que existe (Gn 1), la Palabra que un día juzgará el mundo (Jn 12,48). La Palabra que es más tajante que una espada de doble filo (Heb 4,12). La Palabra que no pasará porque es eterna (Mt 24,35), porque es Dios mismo (Jn 1,1). La única palabra llena de Sabiduría que nos hace ricos a los ojos de Dios.

Queridos hermanos: ¿qué palabras escuchamos? El libro de los Proverbios dice: «aleja de ti las palabras perversas» (4,24). ¿A quién hacemos caso? ¿De quién nos fiamos? ¿Qué tipo de tierra somos? «Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto». Las preocupaciones del mundo hacen nuestra tierra estéril. Sofocan la semilla de la Palabra de Dios. ¿Estamos lejos de esas preocupaciones del mundo o atrapados en ellas como moscas en una tela de araña?

Que la Palabra de Dios, meditada en el silencio del corazón, recibida en la escucha orante y callada, celebrada en los Sacramentos de la Iglesia, ofrecida a nosotros por personas que nos la transmiten en nombre del Señor, dé fruto abundante. Señor, ayúdanos a escucharte. Enséñanos a entrar en conversación contigo. Ofrécenos, nuevamente, el don de tu amistad. Haznos el eco de tu Palabra en el mundo para que quien nos oiga, te escuche a ti. Danos la humildad de quien hace silencio para oír a los demás y, sobre todo, a Ti. Ayúdenos a escoger siempre bien las palabras que salen de nuestra boca, para que, cuanto digamos sea siempre «bueno, constructivo y oportuno» (Ef 4,29). Haznos tierra buena como María y haz que aprendamos de Ella a decir siempre: «hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38).


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