Resumen: en la versión larga de la homilía de este domingo, reflexionamos sobre el simbolismo de la historia que nos refiere el Evangelio de hoy. De alguna manera, esa barquita en medio de la tempestad representa nuestra vida temporal, agitada siempre por vientos y dificultades. La orilla del lago puede también tomarse como una imagen de la eternidad gloriosa en el cielo, una orilla a la que llegaremos si no dejamos que las olas hundan nuestra barca.
Jesús viene a nosotros para protegernos y nos invita hoy a que no dudemos, especialmente en los momentos más difíciles. Debemos poner la mirada en Él, ya que, como nos decía el apóstol san Pablo, el Señor está por encima de todo y tiene poder para vencer cualquier enemigo de nuestra alma y cualquier situación, por muy complicada que nos parezca.
Los hombres que dudan son aquellos que se hunden en el mar, como Pedro. Pueden meditar esta semana en la imagen tan poderosa de Cristo agarrando la mano de su discípulo: la mano de Cristo que no deja que nos vengamos abajo en las pruebas de la vida. Jesús nos quiere ayudar, nos cuida y nos da la gracia para alcanzar la santidad.
A nosotros nos corresponde mirarle, no apartar la vista de él, tomar su mano, dejarle entrar en nuestra barca, buscarle en el silencio de la montaña, encontrarle en la brisa de la oración silenciosa, permanecer en la barca de Pedro que es la Iglesia, recibir su gracia en los Sacramentos, no desanimarnos en las dificultades. Pidámosle a Dios que nunca nos alejemos de Él y que no caigamos en la tentación del pesimismo que pone la mirada en las aguas revueltas de la vida y no en el Señor que camina sobre ellas y calma siempre la tormenta antes de que ésta pueda hacernos daño. Nuestros ojos, solo en Jesús. Nuestra confianza, solo en Jesús. Nuestra esperanza y nuestro sostén, solo en Jesús. Y Él nos llevará a buen puerto y nos conducirá, tras las olas y tempestades de esta vida, a la orilla luminosa y feliz de la eternidad.
Versión larga: No podían llegar en mejor momento las lecturas de este domingo. Necesitamos escucharlas porque, de algún modo, todos nos encontramos en medio de alguna tormenta. Y Cristo viene hoy a nosotros, no sobre el agua, sino a través de su Palabra salvadora. Viene para recordarnos que Él está siempre con nosotros, que su gracia es siempre más fuerte que los vientos que golpean la barca de nuestra vida. Y viene también, por qué no, para sacarnos del agua si nos estamos hundiendo.
El día antes de llegar al lago de Tiberiades en mi peregrinación por Tierra Santa, había habido un gran tormenta, y se podían ver lor rayos caer sobre el agua. A la mañana siguiente, me tocó caminar prácticamente hasta el final del día bajo la lluvia. Por eso, cuando leemos este relato de la tempestad, ahora puedo imaginar mejor el miedo de los apóstoles aquella noche.
En realidad, la vida es una barca que navega por el mar del tiempo hasta las orillas de la eternidad. Así lo interpreta, entre otros, santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de san Juan. Nosotros hemos visto también relámpagos que nos han llenado de miedo. A veces, las dificultades que tenemos que enfrentar nos hacen temer en la posibilidad del naufragio. Somos personas de poca fe, que dudamos, también nosotros, como san Pedro.
Se dice que la Iglesia atraviesa en la actualidad una crisis. Se oyen muchas voces insistir en lo difíciles que están las cosas en el mundo de hoy. A veces, uno tiene la impresión de que una gran hecatombe está a punto de desatarse sobre nosotros. En mi opinión, deberíamos gastar poco o nada de tiempo en esas consideraciones porque todo eso, lo que nos hace es quitar la mirada del Señor. Ésa fue la razón por la que Simón comenzó a hundirse. Miró en rededor, en lugar de tener sus ojos fijos en Jesucristo y, cuando eso sucede, los fantasmas de la noche nos asustan, y el vaivén de la mar encrespada nos atemoriza, y los vientos de la duda nos golpean. Sin embargo, también la primera lectura nos daba la misma respuesta: el Señor no está ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Dios está en la brisa, en la paz de espíritu, en el sosiego del alma, en la tranquilidad y la serenidad del corazón que solo mira a Jesús.
Sí, aquí estamos nosotros, en esta vida, en medio de tormentas que no hemos elegido nosotros. Pero la noche no dura para siempre y el sol volverá a salir de nuevo, y la barca que lleva a Jesús dentro, llegará un día al puerto de la eterna salvación y entonces, las luchas y los miedos quedarán atrás. No dejemos al Señor fuera, no nos distraigamos de lo único que es verdaderamente importante, no temamos que Dios vaya a abandonarnos. Temamos, más bien, que nosotros podamos abandonar a Dios.
No, no nos alejemos de Cristo, y si no sabemos dónde encontrarlo, recordemos el inicio del relato del Evangelio de este domingo. Jesús, tras despedir a las multitudes que habían ido a escucharlo, subió a la montaña a rezar. En la oración, en la soledad, tenemos a Jesús solo para nosotros. Un hombre que reza es un hombre que se asemeja a Cristo, un hombre que busca a Cristo, un hombre que se une íntimamente a Cristo.
Queridos hermanos: salgamos de la Misa de hoy, en la que el Señor viene a nosotros como fue a la barca de sus discípulos, con la determinación de no descuidar jamás nuestra oración con Cristo, de no preferir nada a nuestro encuentro diario con Él, de confiar en que Dios siempre nos dará la gracia para no sucumbir. Y que, cuando nos sintamos a punto de hundirnos, siempre acudamos a Él, diciendo con san Pedro: «Señor, sálvame».
Él vendrá en nuestro auxilio, nos tenderá su mano y nos librará de todos los peligros.