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Decimocuarto Domingo en Tiempo Ordinario - Homilía

Decimocuarto Domingo en Tiempo Ordinario - Homilía

julio 05, 2020 1:00 p. m.  · Sergio Muñoz Fita

Homilias, Tiempo Ordinario

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El Evangelio de hoy lo escuchamos, en el contexto actual de la Iglesia y del mundo, con una renovada sensación de consuelo. Jesús nos invita a encontrar descanso en Él. En la segunda lectura, san Pablo ha contrapuesto la vida según la carne y la vida en el Espíritu. Cuando nosotros escuchamos esa palabra, carne, tendemos a pensar en seguida en los pecados contra la castidad pero el Apóstol no se refiere exclusivamente a ellos, sino a una existencia dirigida por los criterios del undo.

Jesús ha dicho: “venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso.” Pregunto: ¿dónde encontramos descanso? ¿Dónde buscamos tregua en la batalla? ¿Dónde hayamos reposo y sosiego? ¿En el sillón? ¿En la televisión? ¿En alguna ocupación que nos relaja? ¿En la cama? ¿En la música? ¿En otra gente? ¿En pecados como la droga, el sexo, el exceso de comida o alcohol? Eso también es “vivir según la carne”, aunque no todo lo que he señalado sea pecado. Eso también lo hacen aquellos que no tienen fe: los que no aman a Cristo, cuando están cansados, también buscan su descanso en esas realidades mundanas, no todas las cuales son malas.

Los que viven en el Espíritu, en cambio, descansan en el Corazón de Jesús. Encuentran refugio en el Corazón de Jesús. Dejan reposar sus almas en el Corazón de Jesús. Hallan su alegría en el Corazón de Jesús. La misión del Espíritu Santo es conducirnos a la unión íntima con el Señor.

El Padre Mendizábal al que cito tantas veces, solía decir que toda la obra de la redención podía resumirse en esta especie de tríptico: el Espíritu Santo forma en María el Corazón de Jesús; el Corazón de Jesús abierto en la cruz nos entrega el Espíritu Santo; el Espíritu Santo forma en nosotros el Corazón de Jesús. Ésa es la vida en el Espíritu de la que nos habla san Pablo. Ése es el movimiento interior al que nos invita el Señor cuando nos dice hoy: “venid a mí”. Y esa es la verdadera alegría de la que nos hablaba la primera lectura de este domingo: la causa de nuestra felicidad debe ser la acción de Dios en nosotros. «Esto dice el Señor: “alégrate sobremanera, hija de Sión; da gritos de júbilo, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti».

¡Qué hermoso es pensar que Dios quiere que hallemos descanso y reposo, paz y recreo, en Él! ¡Qué triste sería que nosotros, que nos llamamos discípulos de Jesús, viviéramos según la carne, buscando refugios y placebos en el mundo, que promete felicidad y solo sabe dar decepción y vacío!

Pero Jesús no solo nos ha invitado a encontrar descanso en Él. En el Evangelio, también nos ha invitado a imitar las virtudes de su Corazón. «Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón». El Señor quiere que seamos como Él y que respondamos a las contrariedades de la vida como lo hizo Él. No es una imitación externa, sino una participación, por el Espíritu, en las virtudes del Corazón de Cristo. No se trata de ser manso como Jesús, sino de participar de la mansedumbre del Señor.

La verdadera humildad, la humildad cristiana, es participar de la humildad de Jesús. Para eso, son necesarios los Sacramentos, especialmente la Eucaristía recibida frecuente y devotamente; la oración; el ejercicio de la caridad con los demás; el espíritu de abnegación del que nos hablaba Jesús el domingo pasado.

Pues si esto es así, queridos hermanos, pidamos a Dios que nos conceda poner los medios para que se cumpla lo que el Señor aquí nos pide. Hagamos de su Corazón nuestro único refugio y descanso. Si obramos así, Él nos ha prometido hoy: «yo os daré descanso». Es decir, Jesús llenará nuestras almas de paz, sosiego, alegría, luz, fuerza, gracia y vida eterna.

Esta es la sabiduría que el Padre celestial esconde a los sabios y entendidos de este mundo y que revela a los pequeños. Ellos tienen otra sabiduría y conocen muchas cosas; nosotros nos preciamos de no conocer cosa alguna sino Jesucristo, y éste crucificado (1 Co 2,2).

Señor, haz que solo descansemos en ti. Enséñanos a ser como tú. Admítenos en la intimidad de tu Corazón, abierto para nosotros y, tras los yugos y las cargas de esta vida, condúcenos al eterno descanso en la comunión con la Santísima Trinidad.


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