Resumen: este domingo vemos al Señor obrar el conocido milagro de la multiplicación de los panes y los peces, con el que alimenta a una multitud hambrienta y cansada. En este prodigio, la Iglesia ha visto siempre una imagen de la Eucaristía y, por tanto, las lecturas de esta Misa nos sirven para reflexionar acerca de nuestra relación con el Señor en el Santísimo Sacramento del altar.
En la versión larga de esta homilía, me permito aplicar de algún modo esta página del Evangelio a la situación que hemos vivido y seguimos viviendo en relación al coronavirus. Es evidente que las decisiones tomadas de restringir el acceso a la Eucaristía han causado un gran sufrimiento en el Pueblo fiel. En mi pobre opinión, ha sido también una herida para la unidad de la Iglesia porque, como rezamos en la II Plegaria eucarística de la Misa, el Espíritu Santo congrega en la unidad a los que participamos del mismo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Sea de ello lo que fuere, hoy queremos agradecer al Señor su amor por nosotros y los cuidados con que nos atiende. Su corazón se compadece de nuestra debilidad y viene siempre en nuestro auxilio. Especialmente aquí, en la Santa Misa, nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. La situación que hemos vivido recientemente debe ayudarnos a no tomar nunca más el don de la Eucaristía por descontado. Tal vez nos habíamos acostumbrado o nos resultaba tan sencillo recibir la Comunión, que el Señor ha querido servirse de lo que ha pasado para que nos demos cuenta de lo perdidos que estaríamos sin Él. Ahora sabemos mejor lo difícil que es la fidelidad sin la Eucaristía; lo débiles que somos cuando nos falta el Cuerpo del Señor; lo rápidamente que nos hundimos cuando nos sentimos lejos de Jesucristo, como escucharemos en el Evangelio del próximo domingo.
Le pedimos a Dios, pues, que nos dé siempre de este pan eucarístico, que le amemos en la Eucaristía con fervor y que, cuando nos sintamos cansados, busquemos fortaleza y descanso en el Señor, que siempre nos aguarda en el sagrario y en la Sagrada Comunión para darnos luz, gracia, fortaleza, esperanza y vida eterna.
Versión larga: Después de alimentar las almas de la multitud con el pan de su Palabra, en el Evangelio de este domingo el Señor provee para sus cuerpos con el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. En ese orden: primero, nutre sus corazones; luego, satisface el hambre corporal. Ya en esa prelación hay una enseñanza para nosotros, tan centrados frecuentemente en las necesidades temporales.
El domingo pasado, dijimos que Cristo era el tesoro escondido en el campo por el que merece la pena darlo todo. Hoy recordamos que Él es el que nos da el único alimento que nos sacia para siempre.
No puedo dejar de pensar en lo que ha sucedido en estos últimos meses en relación al Sacramento de la Eucaristía, Pan vivo bajado del cielo que «contiene todo el bien de la Iglesia», como nos recordaba el Concilio Vaticano II y el Magisterio de los Papas posteriores a él. Mientras escribo estas letras, en no pocos lugares del mundo el acceso al Santísimo Sacramento ha sido restringido nuevamente y muchos hermanos nuestros no pueden recibir la Sagrada Comunión. Nosotros somos unos afortunados. Aunque muy probablemente él nunca escuche estas palabras, quiero darle de corazón las gracias a nuestro obispo por dejarnos repartir el pan de la Eucaristía a las multitudes hambrientas. Quiero también, en nombre de la Iglesia, cuyo sacerdote soy, pedir perdón por el escándalo que causado con muchas de las decisiones que se han tomado. Debo confesar que, a día de hoy, y después de muchos meses ya, todavía no tengo claras muchas de las cosas que han pasado. Es quizás demasiado pronto para saber, y me da miedo asomarme a este abismo. No lo haré en el día de hoy.
El Señor pide en el Evangelio de esta mañana a sus discípulos que den de comer a la gente hambrienta. Esa petición nace de un deseo todavía más profundo: el anhelo de Dios por nutrir a sus hijos. Él quiere dar de comer a su familia. Toda la primera lectura de hoy es la expresión de ese deseo: «esto dice el Señor: “oíd, sedientos todos, venid a por agua. Venid también los que no tenéis dinero, venid: comprad trigo y comed sin pagar vino y leche de balde”». El salmo, por su parte, nos ha dicho: «abres la mano, Señor, y nos sacias».
Por eso, me queda la duda de si es legítimo, o alguien puede, situarse entre el deseo de las almas por el Pan del Cielo, y el deseo de Dios por alimentar a los que Él tanto quiere.
Sea de ello lo que fuere, hoy queremos agradecer al Señor su amor por nosotros y los cuidados con que nos atiende. Su corazón se compadece de nuestra debilidad y viene siempre en nuestro auxilio. Especialmente aquí, en la Santa Misa, nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. La situación que hemos vivido recientemente debe ayudarnos a no tomar nunca más el don de la Eucaristía por descontado. Tal vez nos habíamos acostumbrado o nos resultaba tan sencillo recibir la Comunión, que el Señor ha querido servirse de lo que ha pasado para que nos demos cuenta de lo perdidos que estaríamos sin Él. Ahora sabemos mejor lo difícil que es la fidelidad sin la Eucaristía; lo débiles que somos cuando nos falta el Cuerpo del Señor; lo rápidamente que nos hundimos cuando nos sentimos lejos de Jesucristo, como escucharemos en el Evangelio del próximo domingo.
En su Regla, san Benito nos exhorta a no preferir nada al amor de Cristo. Hoy san Pablo nos asegura que nada puede apartarnos del amor de Cristo. Dios no deja nunca de amarnos, y eso vale también para su presencia en la Eucaristía. Desde el sagrario, Él nos está amando. Desde el interior de nuestro corazón, tras la Comunión, Él nos está queriendo y si perseveramos con él en ese amor eucarístico, Jesús nos llevará a junto a sí al final de nuestra vida en la tierra.
Le pedimos a Dios, pues, que nos dé siempre de este pan eucarístico, que le amemos en la Eucaristía con fervor y que, cuando nos sintamos cansados, busquemos fortaleza y descanso en el Señor, que siempre nos aguarda en el sagrario y en la Sagrada Comunión para darnos luz, gracia, fortaleza, esperanza y vida eterna.