Mis palabras este fin de semana quieren ser una invitación a todos los hombres de nuestra comunidad. Quiero invitaros a un viaje espiritual que comenzará el domingo 14 de febrero y que se extenderá hasta la noche del Jueves Santo. Quiero pediros que llevéis a vuestro corazón y discernáis en silencio si el Señor os está dirigiendo esta invitación a través de este sacerdote que os habla hoy. Si fuera así, os animo a recibir la moción del Espíritu Santo en vuestras almas y actuar de acuerdo con ella, según lo que nos ha dicho el salmista en el día de hoy: «si hoy escuchas su voz, no endurezcas el corazón».
La Misión Ecce Homo está dirigida a varones de 15 años en adelante. Va a ser una peregrinación que confío lleve a cuantos participamos en ella a una vida mejor y más agradable a Dios, en unión con el Señor Jesús. Sé que, en una comunidad tan grande como Santa Ana, hay una gran diversidad de espiritualidades, y siempre he querido respetar el camino que cada uno haya elegido para llegar a Dios, siempre que sea fiel al Depósito de la Fe. Todos somos libres para elegir nuestra vocación, como nos insinuaba san Pablo en la segunda lectura, y también la manera en que deseamos vivir nuestra vida cristiana. Por eso, he procurado tener en mente como criterio de actuación el principio de subsidiaridad: respetar el camino que cada uno está haciendo y construir a partir de ahí. Por eso, creo que puede valer para muchos de nosotros.
Yo sé que la Misión Ecce Homo no es para todo el mundo, ni siquiera para todos los hombres. No voy a tener la soberbia de pensar que todos los varones de nuestra parroquia tienen la obligación moral de unirse a este camino. Algunos no podrán porque los compromisos que se deben asumir no los pueden abrazar en este momento de su vida; otros, tal vez, porque ya están participando en otros ministerios o programas parecidos y no tiene sentido replicar algo que ya están viviendo; otros, sencillamente, no se sentirán llamados a él por diversas causas. Yo no le voy a poner a ningún hombre la pistola en la frente para que se una a la Misión. Respeto las decisiones de cada cual así como pido que respeten las mías, mientras estén de acuerdo con la Voluntad de Dios.
No os pido a todos que participéis. Sin embargo, sí os pido que hagáis el discernimiento. Que me escuchéis y decidáis sobre la base del conocimiento, no de la ignorancia. En la segunda lectura, Dios mismo dice: «a quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas». El Señor nos pide que escuchemos: eso es lo mínimo que Él y yo os pedimos hoy. No digáis sí o no antes de oír lo que os tenemos que presentar. A partir de ahí, elige lo que te dé más paz interior.
Yo creo que muchos necesitamos un milagro en nuestra vida de fe. Que tenemos ahí dentro espíritus malignos que Cristo desea expulsar de nosotros, como hemos visto en el Evangelio de hoy. Que podríamos ser más de lo somos. Que guardamos en el pecho una insatisfacción grande porque sabemos que podríamos volar más alto. Que se nos van pasando las Cuaresmas, y los años, y no terminamos de despegar. Que nos gustaría que hubiera más luz en nuestros corazones, en lugar de tanta oscuridad. Sentimos una tensión interior entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser, y eso a veces nos lleva al desánimo o a la pérdida de esperanza.
Haz que esta Cuaresma todo vuelva a comenzar. Deja que Cristo te sane. A los que quieran escuchar en qué va a consistir esta misión les animo a participar en la Santa Misa de este miércoles 3 de febrero a las 6:15, presencialmente o por Internet. Ahí explicaré en inglés el camino que vamos a emprender juntos, con el propósito de encontrar a Cristo y, en Él, la meta y la expresión máxima de lo que significa ser Hijo de Dios y hombre según el plan divino. Reserva ese rato para escuchar una invitación que podría ser el principio de una vida nueva y más hermosa.
Que, por la intercesión de san José, el Señor toque los corazones de aquellos hombres a los que Él ha elegido para esta misión y les mueva a ponerse en camino con otros hermanos suyos, en camino hacia Jesucristo, único Redentor del hombre.